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Pedro Sorela

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Requiem por el héroe con el hígado helado

Por: Pedro Sorela Lunes 18 Noviembre 2002. En Artículos

Requiem por el héroe con el hígado helado

Han venido todos y me han envuelto en la bandera como un chorizo... pero no basta: tengo frío. No en el corazón, reconfortado por los colores por los que luché y en cuya pintura, por así decir, me diluí en vida, ni tampoco en el ombligo. Cómo voy a tener frío en el ombligo si han venido la ejecutiva local del partido, la mitad de la regional y el vicesecretario nacional, que me ha llamado uno de los nuestros, hijo predilecto y hasta héroe, y todo ello mientras otra bandera caracoleaba al viento como corresponde a los grandes días de las patrias. Metáforas de campanario, de acuerdo, pero que se agradecen en esta hora en que el frío de la muerte, según dicen, congela hasta el infierno.

No sé si el infierno pero sí el hígado. Endurecido ya en vida por los recibos de la hipoteca, al morirse el hígado se congela sin más vueltas junto con la sustancia viscosa que sigue produciendo el comprobar que ni siquiera ahora, al final de las cuentas, da la cara el banquero que durante toda mi vida adulta me esforcé en merecer, a cuya altura quise estar. Que sólo el mes pasado terminase de pagar mi hipoteca no le exime de sus obligaciones: He sido suyo durante tantos años que él es parte de mí y supongo que yo de él, o al menos de sus muebles o su barco. Sería justo que algo suyo se fuese conmigo. Sin él, yo habría sido otra cosa.

Y no se trata de una cuestión de lágrimas, que no estoy pidiendo, al contrario. Ahí está la pobre Diana, que ha dejado sus cursos intensivos de inglés para extranjeros en Dublín y se ha venido junto a mi féretro a llorar...

Un poco demasiado, por esto. Me parece que se está pasando. Gime de una forma que... que me trae recuerdos y me pondría nervioso si no estuviese muerto, y a sus ojos azul de Irlanda —un azul de viento que recorre los bordes de la tierra— los arrasa una tormenta que resulta, la verdad, un poco desplazada en este velatorio: el mío. ¿Qué van a pensar? Nadie le ha advertido antes de venir, y yo en Dublín nunca se lo dije, que en este país las mujeres son recias, de pocas palabras y menos lágrimas, y más las mujeres, las viudas de héroe, aunque sólo sea una novia e irlandesa: ¿no habrá quien se lo diga? Las mujeres de este país lloran, pero no tanto.

Y lo que desde luego no hacen es salpicar al muerto con sus lágrimas, que parece que está lloviendo y se me empaña el cristal del féretro y no puedo ver si han venido todos los amigos de los caminos, los verdaderos amigos porque no tienen más interés que preservar la noche abierta y el viaje.

Pero a juzgar por mis pies, congelándose, no les han avisado. Nunca les gustó que yo, futuro héroe, tuviese amigos extranjeros, o mejor dicho los querían lejanos: chinos, mongoles, neozelandeses y gente así. Nada demasiado cercano ni parecido, no se nos fuese a confundir la identidad ni desteñir la patria. Así que tuve que disimularlos: de Timothy el inglés decía que era Bob el australiano, a Hassan el francés lo convertía en egipcio, que suena prestigioso, y a Manolo, cordobés y por lo tanto nuestro primo hermano, le dije sin más vueltas que al salir de casa se callase, algo que le costaba muchísimo: en Andalucía los mudos se consuelan cantando.

Si no han llamado a mis amigos, ¿cómo esperar que lo hiciesen con los cocineros chinos e italianos que tanto me gustan? Esos malabaristas que en el sur de China hacen desde lejos señales de vapor, esos arquitectos del espagueti que tantos placeres clandestinos me proporcionaban. Pues yo, confieso, me regocijaba en comidas pecaminosas como otros se esconden para el vicio. Nunca hubo forma de explicarles que probar otras cocinas no iba en menoscabo de los cuatro platos que, como banderas, proclaman al mundo nuestra identidad. Comer gambas al vapor era como ponerles los cuernos.
Por el endurecimiento de mis pupilas, síntoma de congelación, compruebo que tampoco nadie ha venido en representación de las 1.566 películas de Hollywood que vi en mi vida y que ya forman parte de mi concepción del mundo: nadie, ni un pequeño actor secundario. Y aunque me lo esperaba, para qué hablar de los libros que me ayudaron a vivir: no veo ni uno solo en mi funeral. Ni siquiera uno de los libros de rezos, consignas, verdades redondeadas y canciones a los que acudimos cuando dudamos. Los patriotas, es sabido, no leemos.

Ni siquiera en esta hora de soledad, desnuda y envuelta en una bandera que con el corazón tibio y el ombligo ardiendo me deja tiritando: debe de ser el frío de la muerte. Pero la bandera es la que me identifica como héroe. Desde hoy los chavales cambiarán cromos con mi foto y me cantarán, y en las fiestas de la patria sacarán mi esqueleto a pasear un rato.
Lo que me preocupa es si bastará para el viaje. La bandera, digo. Si en minutos no me pedirán otra cosa porque entre tantas la mía se confunde. Si cuando lleguemos —si llegamos—, me la dejarán o me dirán que no ande buscando excusas.