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Pedro Sorela

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La cultura del espejo

Por: Pedro Sorela Lunes 15 Enero 2001. En Artículos, Cine

La cultura del espejo

Hace tanto tiempo que me entreno en el higiénico deporte de descubrir las cadenas de imágenes de las que habló Marguerite Duras en su etapa más radical —descubrirlas es comenzar a romperlas— que ya soy casi un campeón. Según se desprende de las teorías de M.D. (fáciles de comprobar en un simple televisor), si un vaquero desciende de un tren solitario en un pueblo barrido por el viento, seguro que alguien no verá el siguiente atardecer rojo.

Si un hombre maduro entra en una cafetería y la cámara enfoca a una jovencita con la falda corta... ya se sabe quién pagará la cuenta. Si justo al comienzo salen una mujer talludita pero inteligente y un hombre cuarentón, lo más probable es que él sea su marido, idiota, y sólo salga del letargo ante dosis elevadas de fútbol y sexo. Si un locutor-robot pone ojos tristes es que va a anunciar una desgracia, con sangre y víctimas. Si sonríe... Y así. Estaba tan contento con mis altos logros en este deporte durásico —en definitiva, un ascenso a dogma de la ley dramática según la cual si en el primer acto aparece una pistola sobre una mesa, para el cuarto tiene que haberse disparado—, que tardé en comprender que, al lado de la realidad omnipresente, incluso los grandes cadenólogos no somos más que novatos.


Las pruebas se pueden recoger incluso del suelo: las previsiones sobre medallas olímpicas tienen exactitud de partes meteorológicos; sabemos qué van a decir los políticos desde antes de que se afeiten; en un aeropuerto internacional es fácil, con práctica, deducir de dónde son los viajeros por la forma en que visten el vaquero del uniforme o las zapatillas multinacionales (en esto tenían un talento circense los ciudadanos de los países comunistas); y podemos profetizar más de un periódico, incluidas sus omisiones, desde el telediario del día anterior... A qué extremo habremos llegado que una agencia internacional de noticias tiene formularios —sólo hay que rellenar espacios— para informar de los golpes de estado: hasta la revolución (ya lo reveló Malaparte en Técnica del golpe de estado) tiene su pauta.

El asunto deja de ser risible cuando abandonamos cadenas tan fáciles como el cine de Hollywood o el verbo de los políticos —que son como el abc de la cadenología—, y nos aventuramos por lugares cuyo ser mismo se reclama nodeducible: más que la ciencia, que ya sabe incluso cuándo descubrirá la vacuna contra el cáncer o el secreto de la juventud —el sueño de Fausto sin el engorroso papeleo de pactar con el diablo—, lo impredecible por excelencia: la creación; el arte.
Y sin embargo, la cartelera teatral madrileña —sólo un ejemplo— se arma una y otra vez en torno a una fe infatigable en que el tiempo no pasa: se repite. Con el apoyo del público, los grandes éxitos son propuestas tan novedosas como El hombre de La Mancha (un musical inspirado en El Quijote... e histórico éxito de Broadway), Hello DollyMi bella dama, un peculiar experimento que consiste en cantar en español una obra que trata... del aprendizaje del inglés high brow de clase alta.

También el cartel copia el original.

Lo cual no tiene demasiado mérito: ya se hizo en cine, como insisten en recordarnos sin rubor las televisiones una Navidad tras otra, como si esa traducción hispana del malhumorado ingenio de Bernard Shaw (autor de la obra Pigmalión original) hubiese pasado a ser, junto con Papá Noel y el ya insoportable Gingle Bells, otro elemento de la Navidad anglosajona que fundó la globalización. Por cierto que en esa misma noche de Navidad —mágica, pero encadenada como ningún otro fenómeno sobre la tierra—, las televisiones suelen emitir concursos en los que presentadores casi idénticos y famosejos previsibles como las fases de la luna se libran a la originalidad de interpretar canciones... de esas mismas películas dobladas. Una industria, la del doblaje español, tan excéntrica que llega a proponer como acento latinoamericano el simple español de lavar y planchar... con la sustitución por eses de las ces y las zetas. Hay que oírlo para creerlo (e intuir de paso los trapicheos y tráficos que debe de haber en esa industria cautiva y multimillonaria).

Se podría encontrar ejemplos en otras artes y en particular en una escritura a menudo rehén de los diferentes grupos sociológicos (y de mercado) que reclaman, como en el cine o en una feria de muestras regional, sentirse reflejados. No se trata de realismo en busca de la entelequia de la claridad —el realismo es el más fantástico de los delirios literarios, viene a decir Borges—, sino de la adolescente confusión entre arte y tamtam tribal. La cultura del espejo, o la satisfacción de comprobar que, bien mirado, el mundo no es tan distinto. En realidad, nos copia.