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Pedro Sorela

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Fronteras interiores en Polonia

Por: Pedro Sorela Viernes 08 Octubre 1999. En Textos de viaje, Artículos, Viaje

Fronteras interiores en Polonia
Todas las ciudades tienen fronteras interiores, pero nada tan peculiar como lo que sucede ahora en Polonia. En Cracovia, por ejemplo, el centro monumental es no sólo de un tiempo remoto sino realmente otra ciudad: uno cruza las antiguas murallas y entra en la plaza medieval más grande de Centro Europa, y clasificada por tanto como Herencia de la Humanidad por la Unesco, pero al tiempo un territorio que no tiene nada que ver con el resto de la ciudad y sí en cambio con otra desperdigada por Europa y reconocible desde lejos al estar ocupada por el ejército más uniformado y eficaz de la historia: los turistas. Ese ejército ocupante que todos odiamos y en el que sin embargo, más tarde o más temprano, militamos con entrega y elevado patriotismo.

Estas fronteras interiores se encuentran en otras muchas ciudades europeas ya definitivamente perdidas para la normalidad y la cultura, como Aix en Provence, Dubrovnik, Florencia, Stratford-on-Avon o Toledo (y lo que veremos: hasta Barcelona está en peligro)1 pero en Polonia son realmente otra cosa. Como en Varsovia, por ejemplo. 

En Varsovia, uno va caminando por la calle Nowy Swiat (Nuevo Mundo), que representa la Varsovia sofisticada del XIX (en uno de sus palacetes se encuentra el museo Chopin), y al doblar la esquina de Al Jerozolimskie desemboca directamente en la típica ciudad de la Europa ex socialista, con grandes zonas verdes de un tiempo sin excesiva especulación inmobiliaria y gigantescas muestras de arquitectura depredadora, ideales para ir rebajando la estatura de los ciudadanos y la eventual soberbia de algún individualista.

Ahí se encuentra el descomunal edificio que Stalin le regaló a los varsovitas como un pastel envenenado, pues no hay modo de no verlo ni deolvidarlo y aparece hasta en los sueños, y también los grandes almacenes Centrum, que suenan a años cincuenta pero cuya visita es obligada, pues ahí, como en pocos sitios, se le caen a uno los tópicos y se va a paseo la visión de Polonia como un país con mucho frío en el que se toma mucha sopa de remolacha yseguro que también muchas salchichas. Nada que ver: en ciertos aspectos, loraro es que no oigamos hablar ya de Varsovia como escala imprescindible en la ruta del color y el diseño, que es lo que Europa parece abocada a vender en el futuro. 

Eso es lo que ocurre: casi resignados a la caricaturesca semiótica de las agencias de viaje y los viajes en grupo —los parisinos son antipáticos, Roma es insoportable en agosto, en Londres lo más difícil es la lluvia—, en Polonia no siempre es fácil encontrar las huellas de lo que uno sabe que está ahí y se asombra de que no sea evidente. Como el gueto de Varsovia. Aunque durante la guerra en él fue quemada a la vista de todos una población equivalente a la de una capital de provincia, no es fácil encontrar su ubicación en la ciudad, ni susestelas ni monumentos, y el requerimiento a los transeúntes, al comienzo amables, es respondido, sí, aunque con una ligera mueca de disgusto. Una vez hallado, y al margen de la característica escultura grandilocuente pero abstracta, nada explica lo que fue aquello, y un vendedor ambulante que ofrece folletos explicando lo que sí fue se medio enfada cuando se le pregunta por qué no hay nada ni nadie para explicarlo. Como siempre, interviene el patriotismo ("Lo habrá pronto", promete).

Porque todo en Polonia pasa por el patriotismo. Verdaderas masas de futbol acuden un soleado domingo al parque Lazienski a escuchar las polonesas de Chopin con un fervor que uno se pregunta, por mucho que le guste Chopin, si es de melómanos o, más bien, depatriotas, y resulta sorprendente que incluso Chopin pueda resultar antipático si se le convierte en un panfletillo nacionalista. Así las cosas, no es extraño que sólo ahora, desde hace muy poco, sediga desde la primera frase que los dos millones de muertos en el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau, la tumba más grande de Europa y quizá del mundo (que en las guías de trenes y autobuses aparece con el desconocido nombre polaco, Oswecim), eran en su mayor parte judíos, y no, como antes, cuando se decía que eran polacos y sólo mucho después se especificaban orígenes. Algo en especial mortificante si se piensa que uno de los hilos conductores de la literatura de los campos —Primo Levi y Jorge Semprún, pero también los polacos Tadeusz Borowski o Adolf Rudniki, lamentablemente no traducidos al castellano— es la obsesiva preocupación por encontrar la voz y el idioma adecuados para dar testimonio de la verdadsobre unos hechos que desafían las posibilidades de cualquier idioma conocido (sobre eso precisamente, la urgencia de salvar de la muerte del gueto de Varsovia al poeta que va a dar testimonio, da cuenta la estupenda novela de Adolf Rudniki Las ventanas de oro).

Pero quizá no sea del todo exacto —aunque sea verdad— elegir un ejemplo tan extremo para dar cuenta de unas fronteras interiores, las polacas de hoy, caracterizadas por la levedad y la sutileza, igual que los exquisitos pastelespolacos que se pueden comprar en cualquier puesto callejero. Ya se trate de la elegancia e ironía de sus artistasgráficos, de una dramaturgia que seencuentra entre las primeras del mundo (Grotowski, Kantor) y que se alcanza a percibir hasta en las series de una televisión aún no del todo contaminada por la pornográfica estupidez que es ya una pandemia, o de su pasión por laslenguas, que ahora se traslada en masa hacia el inglés, toda Polonia parece un país reorganizando, con aristocrática discreción, sus fronteras interiores.Como ya profetizaba el cine de Wajda y, sobre todo, la obra toda de Kieslowski (y en particular el Decálogo), que pone de buen humor sobre el futuro de la cultura en Europa.