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El miedo creador

Por: Pedro Sorela Viernes 22 Junio 2001. En Artículos

El miedo creador

Es dudoso que hoy en día Borges pudiese agotarse los insomnios, como solía, caminando a buen ritmo toda la noche por Buenos Aires, en compañía de Estela Canto, Mastronardi, Xul Solar o Manuel Peyrou. Pues ahora resulta peligroso. Tanto, a juzgar por lo que dice la gente, ilustra en amarillo la televisión, o se siente en cualquier desierta calle del centro un solitario domingo por la tarde, que uno podría preguntarse —además de otros peligros como el de que las aceras de la ciudad parezcan obstáculos de un concurso de saltos— si hoy en día Buenos Aires es la misma ciudad de la que salieron —de la que pudieron salir— creaciones tan libres como las del primer Cortázar, Borges, Macedonio Fernández, Silvina Ocampo, José Blanco y aquellos años privilegiados de Sur.

En una intuición indemostrable, me parece que así como algunas páginas requieren del acoso (Sade), la experiencia (Saint-Exupéry) o hasta la urgencia del testimonio tras el peligro (Orwell), creaciones como la del "arte deliberado" de Borges necesitan entre otras cosas de poder andar de noche por la calle sin ninguna preocupación que distraiga la de si seremos capaces de dormir al llegar a casa, preocupación, por cierto, que terminó provocando el célebre "Funes el memorioso". 

Sucede que, con sus modernos peligros (que poco tienen que ver con el de los románticos malevos añorados por el escritor), Buenos Aires no hace otra cosa que enfilar el nuevo eje de inseguridad que alinea América, y al que, tras Nueva York, Washington y Bogotá, se han ido sumando Caracas, México, Río de Janeiro y Lima, y otras ciudades violentadas por la economía salvaje, la inmigración que a menudo es búsqueda de asilo, el crecimiento incontrolado, en un fenómeno del que ya se ocupan sociólogos, políticos y violentólogos: un nuevo saber que, sobre la primera página roja de los periódicos, aún está buscando su lenguaje. Lo que aún no alcanzamos a percibir es, aparte de algún que otro cine sobre niños delincuentes o muchachas inmoladas en la elegancia yuppie de la droga dura, las consecuencias de todo ello sobre ese territorio de fronteras difusas llamado cultura.

Y sin embargo, comienza a ser palpable. En la emigración, por ejemplo. Pues entre la última y ecléctica oleada de intelectuales viajeros que, sobre todo desde América, llegan a España desde hace unos años, no es difícil distinguir, además de motivaciones que incluyen la del clásico grand tour que ya realizaron los próceres de la independencia americana, una suerte de búsqueda de refugio.

Aunque vienen también por otras motivaciones, no menos ciertas, como estudios, congresos, la prospección editorial, presentación de libros, el obligatorio viaje a Barcelona... No hay nada que, al cabo de una conversación un poco larga, sea incompatible con una razón común: la búsqueda del en apariencia soleado régimen de vida, sin demasiadas preocupaciones de seguridad, que en efecto caracteriza a España. A casi toda España. Más temprano que tarde, todo intelectual termina diciendo: "Aquí mi hijo puede andar solo por la calle".

El miedo como generador cultural no afecta sólo a las ciudades apuñaladas por la inseguridad de rateros y secuestradores. En La Paz, por ejemplo, una ciudad en la que la ineficacia policial ha provocado una inquietante oleada de linchamientos hasta la muerte (como en otras ciudades americanas), la crisis económica, la incompetencia política y la presión estadounidense para que sea erradicada la hoja de coca han terminado por hacer revivir las siempre latentes reivindicaciones indígenas, hasta el punto de que hace dos meses El Maliku, el más radical líder indígena, entraba en La Paz, a bordo de un tractor y haciendo ondear la wiphala, la bandera de siete colores, prometiendo que en noventa días ocuparía el palacio de Gobierno y... expulsaría del país a todos los k'haras, esto es, los blancos o todo aquel que no pueda acreditar pureza de sangre indígena. Lo delirante de su promesa no le quitaba amenaza, sino que se la añadía: decenas de millones de muertos causados sólo en el siglo XX por la entelequia de la raza, y de la nación como raza, demuestran que esos juegos de palabras casi nunca son incruentos. Lo asombroso es que todavía haya gente que agite banderas excluyentes en su nombre (y la wiphala es la más bonita que conozco).

Es posible que, en España, los muchachos puedan andar por la calle (dentro de unos límites). Pero no se debe olvidar que, en el País Vasco, la esquina de España que colinda con Francia por el noroeste, y a casi un paseo en barco desde Inglaterra, no pocos intelectuales y todos los políticos constitucionalistas se tienen que callar, o hacerse escoltar, o exiliar, por miedo a ser asesinados. Y lo extraordinario es que algunos de ellos, como el escritor Fernando Savater o el escultor Agustín de Ibarrola, en la autosatisfecha España y pudiendo encontrar una vida cómoda a poco más de una hora de viaje en coche, han decidido quedarse y defender su derecho a hablar, y a crear —y a crear sobre y a partir de su experiencia—, en una lección de compromiso que no es un mal modo de superar el miedo, y vencerle, y que ha terminado por convertirse en símbolo.