No se sabe muy bien quién fue Saint-Exupéry: Reunió varias existencias en una, intensa y deslumbrante, para cumplir sin saberlo con el ideal stendhaliano de hacer de la propia vida una obra maestra —como condición para escribirla—, y en varias de esas existencias fue falseado, y no siempre de forma desinteresada, hasta hoy. Incluso su muerte, a los 44 años, sigue siendo un misterio.
También fue el casi involuntario autor de uno de los mayores fenómenos editoriales del siglo XX, El pequeño príncipe que, no sin enigma, con su éxito y la industria que se ha montado a su alrededor sigue postergando a su otra obra, de igual o mayor calidad, y al testimonio de su pensamiento de los últimos años, no sólo lúcido, sino también profético. (La propia traducción de sus títulos al español es un indicio de lo que digo: No es El principito, cursi título que se impuso desde Argentina con la boba creencia de que el de los niños es un mundo en diminutivo, sino El pequeño príncipe; no es Correo del sur, sino Correo sur, nombre que tomó de unas sacas de correo; no es Vuelo nocturno, sino Vuelo de noche (Vol de nuit), ¿no lo oyen?; no es Tierra de hombres, como en una canción de machos, sino el humanista Tierra de los hombres... Parece una conspiración.)
Escritor y piloto, como es por lo general sabido, Antoine de Saint-Exupéry fue también un inventor que a su muerte dejó catorce patentes para mejorar el vuelo de los aviones, mago que se podía haber ganado la vida con juegos de cartas, dibujante de talento (¿es imaginable El pequeño príncipe sin los dibujos?), sutil ajedrecista, matemático, al parecer, de genio, conde no ejerciente de un linaje que se remonta al siglo XIII —y que le marcó a fuego en una infancia de aristócrata arruinado en los dos castillos de su familia—, leal en la amistad hasta el virtuosismo, amaestrador con un don para los animales, conversador brujo al punto de que más de un seducido negó que su mejor arte fuese el de escritor.
Y sin embargo, todos estos talentos no parecen especialidades sino que se terminan imponiendo como las diversas facetas de un mismo hombre. Saint-Exupéry pensaba —y ésa es su gran aportación— que la escritura es una consecuencia, y que no hay que aprender a escribir, sino a ver. La vida es una, corta e intensa —"¿te das cuenta de que estás creando tu pasado?", le preguntaba a un compañero piloto—, y escritura y vida, escritura y acción, vienen a ser, a la postre, lo mismo. "La tierra nos enseña más sobre nosotros que todos los libros. Porque se nos resiste", dice en la primera línea de Tierra de los hombres, libro que es no sólo la almendra de su obra sino que —al mismo tiempo que Borges— anuncia la escritura sin etiquetas que tantos comienzan a intentar hoy. (A mi modo de ver no es casual que esa primera página famosa fuese suprimida de la edición estadounidense de Wind, Sand and Stars: sus editores querían más acción y menos pensamiento, que es, en su caso, como querer explicar una locomotora con las leyes de la equitación.)