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Pedro Sorela

ensayo

Solo para aficionados y antitaurinos, paseantes y curiosos

Por: Pedro Sorela Domingo 05 Septiembre 2010. En Artículos, Ensayo, Arte

El toro mariposa. Goya.

Recuerdo muy bien la tarde de abril o mayo de hará unos veinte años en que Joaquín Vidal llegó al periódico furioso porque un turista japonés le había pedido que apagase el puro. Joaquín estaba indignado pero sobre todo sorprendido: no podía comprender semejante desfachatez. ¡Pedirle a alguien que apague un puro en una corrida de toros! ¡En Las Ventas, la catedral del toreo! (o al menos eso dicen los madrileños, la catedral al aire libre donde los toreros se van a examinar). ¿Por qué no ya de la misma forma, pedirle a un aficionado al fútbol que no se acuerde de la madre del árbitro? ¿A un chico que no coma palomitas de maíz en el cine?

Para los que no lo sepan, Joaquín Vidal, que ya murió, era el cronista de toros de El País y según muchos, muchísimos, el mejor de las últimas décadas. No lo sé, aunque estoy muy dispuesto a creerlo. Lo que sí sé es que era una gran persona, un extraordinario conversador y de paso maestro, el mejor compañero, el que más recuerdo de mis catorce años en El País, y la encarnación misma del sueño de cualquier periodista: él solito vendía periódicos. Quiero decir que, como ya es notorio, había gente, incluso gente que no había visto una corrida en su vida, que compraba el periódico para leerle. Y aparte de su gran estilo, que rescataba el lenguaje de la crónica taurina e introducía a la vez puntos de vista muy contemporáneos –o sea, el ideal de una escritura con tradición, un estilo–, creo que la razón fundamental de su éxito es que hacía de cada corrida un acontecimiento único y por consiguiente una historia también única y no escrita con plantilla. En un escenario relativamente sobrio –lleno de símbolos muy pesados, pero a la larga sobrio– solía encontrar algo, así fuese un detalle, a partir del cual hilar su cuento... 

Dónde termina el narrador

Por: Pedro Sorela Miércoles 09 Febrero 2005. En Lecturas, Artículos, Literatura, Ensayo

Sobre La orgía perpetua, de Mario Vargas Llosa

Quizá el ensayista y profesor sean el menos conocido de los Vargas Llosa que coexisten con el novelista. Algo inevitable, vista la mayor popularidad de la novela, si bien un tanto injusto pues La orgía perpetua. Flaubert y Madame Bovary (Seix Barral) es la mejor explicación que conozco sobre la aportación decisiva de Flaubert. Y su Historia de un deicidio, tesis doctoral sobre Cien años de soledad de su entonces amigo y vecino en Barcelona Gabriel García Márquez, sigue siendo de indispensable consulta (aunque en bibliotecas públicas, pues no se reedita) en los estudios sobre Márquez, y eso que fue uno de los primerísimos. Vargas Llosa tiene también un ensayo sobre Tirant lo Blanc, y además de numerosos artículos literarios, una colección de prólogos a clásicos contemporáneos agrupados enLa verdad de las mentiras, donde desarrolla su teoría de que la ficción es necesaria para conocer la verdad humana.

Vargas Llosa es también uno de los pocos escritores en español que aceptan el desafío de usar un idioma académico (en el buen sentido de la palabra), y de un seminario en Oxford, este año, sale según él este ensayo sobre Los miserables que ahora se publica. Sin embargo, a mí me consta el proyecto desde que, hará quince años, él lo mencionó con entusiasmo en una entrevista que le hice para El País. Entusiasmo compartible: Los miserables es uno de los libros más eficaces, según compruebo desde hace años, para enganchar a una lectura digna de ese nombre a los jóvenes universitarios españoles, víctimas de pintorescos y también reaccionarios planes de estudio en los que la literatura es mera decoración o doctrina políticamente correcta.

Recontar lo incontable

Por: Pedro Sorela Martes 26 Octubre 2004. En Artículos, Ensayo

Varlam Shalamov, veinte años en el Gulag. Iustración: p.S

La primera dificultad para hablar del estalinismo y otros totalitarismos es que se construyen con la mentira. No es que estén más o menos equivocados en relación con otras ideas políticas, órdenes de valores en última instancia discutibles (garantizar esa discusión es lo que intenta una sociedad abierta). Lo que quiero decir es que, como ilustra Orwell con su neolengua en 1984, lo primero que hace el totalitarismo es ablandar el lenguaje hasta que le permita decir lo que no dice, como con los sofistas del tiempo de Sócrates, y después reconstruir un idioma con el que se pueda nombrar la realidad que se inventa. Decir lo que le conviene. El que, terca como sólo ella puede serlo, la realidad termine imponiéndose, no impide que entretanto el equívoco pueda ser sangriento y hasta con millones de víctimas, como nos enseñó el siglo XX. La verdad de la lengua tarda a veces más tiempo que la realidad en imponerse. Y a veces no llega nunca.

Aunque las semillas ya estaban puestas, Stalin llevó esa falsificación lingüística a un virtuosismo desconocido hasta la fecha. Y además de los millones de muertos causados por la crueldad que la acompañaba como el sujeto al verbo (ni siquiera se sabe con exactitud cuántos hubo), produjo una suerte de herida mental en otros millones de personas honradas que creyeron en la retórica igualitaria propuesta. De la decepción consiguiente, con el lento hallazgo de los crímenes cometidos con la coartada de esa retórica, se produjo una desconfianza en el verbo político que aún padecemos.

Saint Exupéry. La vida como escritura

Por: Pedro Sorela Martes 22 Abril 2003. En Artículos, Literatura, Ensayo

No se sabe muy bien quién fue Saint-Exupéry: Reunió varias existencias en una, intensa y deslumbrante, para cumplir sin saberlo con el ideal stendhaliano de hacer de la propia vida una obra maestra —como condición para escribirla—, y en varias de esas existencias fue falseado, y no siempre de forma desinteresada, hasta hoy. Incluso su muerte, a los 44 años, sigue siendo un misterio.

También fue el casi involuntario autor de uno de los mayores fenómenos editoriales del siglo XX, El pequeño príncipe que, no sin enigma, con su éxito y la industria que se ha montado a su alrededor sigue postergando a su otra obra, de igual o mayor calidad, y al testimonio de su pensamiento de los últimos años, no sólo lúcido, sino también profético. (La propia traducción de sus títulos al español es un indicio de lo que digo: No es El principito, cursi título que se impuso desde Argentina con la boba creencia de que el de los niños es un mundo en diminutivo, sino El pequeño príncipe; no es Correo del sur, sino Correo sur, nombre que tomó de unas sacas de correo; no es Vuelo nocturno, sino Vuelo de noche (Vol de nuit), ¿no lo oyen?; no es Tierra de hombres, como en una canción de machos, sino el humanista Tierra de los hombres... Parece una conspiración.)

Escritor y piloto, como es por lo general sabido, Antoine de Saint-Exupéry fue también un inventor que a su muerte dejó catorce patentes para mejorar el vuelo de los aviones, mago que se podía haber ganado la vida con juegos de cartas, dibujante de talento (¿es imaginable El pequeño príncipe sin los dibujos?), sutil ajedrecista, matemático, al parecer, de genio, conde no ejerciente de un linaje que se remonta al siglo XIII —y que le marcó a fuego en una infancia de aristócrata arruinado en los dos castillos de su familia—, leal en la amistad hasta el virtuosismo, amaestrador con un don para los animales, conversador brujo al punto de que más de un seducido negó que su mejor arte fuese el de escritor.

Y sin embargo, todos estos talentos no parecen especialidades sino que se terminan imponiendo como las diversas facetas de un mismo hombre. Saint-Exupéry pensaba —y ésa es su gran aportación— que la escritura es una consecuencia, y que no hay que aprender a escribir, sino a ver. La vida es una, corta e intensa —"¿te das cuenta de que estás creando tu pasado?", le preguntaba a un compañero piloto—, y escritura y vida, escritura y acción, vienen a ser, a la postre, lo mismo. "La tierra nos enseña más sobre nosotros que todos los libros. Porque se nos resiste", dice en la primera línea de Tierra de los hombres, libro que es no sólo la almendra de su obra sino que —al mismo tiempo que Borges— anuncia la escritura sin etiquetas que tantos comienzan a intentar hoy. (A mi modo de ver no es casual que esa primera página famosa fuese suprimida de la edición estadounidense de Wind, Sand and Stars: sus editores querían más acción y menos pensamiento, que es, en su caso, como querer explicar una locomotora con las leyes de la equitación.)