No tengo mucho espacio ni tiempo y me vigilan (nos vigilan a todos), de modo que seré breve: desde que nací permanezco secuestrado por una banda que no me permite moverme o mirar a los lados, casi ni pensar y menos denunciarles pues, como en La noche de los muertos vivientes, el número de humanos que han convertido en zombis crece: seguro que muchos descartarán este s.o.s. como un delirio o un panfleto nacionalista (tendría gracia), y algunos susurrarán mi nombre en un teléfono secreto antes de colgar y seguir con sus vidas bien planchadas. Así que si algo me ocurre, que se sepa que fue por esto.
Quienes dan las órdenes en la banda anidan en la sombra de lujosos despachos y se reproducen en yates y al borde de solitarias piscinas. Y sus órdenes las ejecutan eficacísimos esbirros que no tienen que ver con el matón de colmillo de oro, al revés: una de las más conocidas es la llamada Julia Roberts, una joven que no parece nada —y no es nada— pero que junto con otros cabecillas goza con un poder casi divino: está en todas partes. No me refiero a los periódicos y los artefactos de plástico que con la complicidad de alcaldes bajo sospecha basurizan nuestras aceras, sino a que ella y sus colegas se han instalado en nuestro gusto, moral y costumbres, nuestro modo de hablar y vestir, y hasta en nuestros deseos: queremos parecernos, ser como ellos, becerrillos de oro plastificado.