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Pedro Sorela

En brazos de la implacable Julia Roberts

Viernes 22 Marzo 2002. En Artículos, Cine

No tengo mucho espacio ni tiempo y me vigilan (nos vigilan a todos), de modo que seré breve: desde que nací permanezco secuestrado por una banda que no me permite moverme o mirar a los lados, casi ni pensar y menos denunciarles pues, como en La noche de los muertos vivientes, el número de humanos que han convertido en zombis crece: seguro que muchos descartarán este s.o.s. como un delirio o un panfleto nacionalista (tendría gracia), y algunos susurrarán mi nombre en un teléfono secreto antes de colgar y seguir con sus vidas bien planchadas. Así que si algo me ocurre, que se sepa que fue por esto.

Quienes dan las órdenes en la banda anidan en la sombra de lujosos despachos y se reproducen en yates y al borde de solitarias piscinas. Y sus órdenes las ejecutan eficacísimos esbirros que no tienen que ver con el matón de colmillo de oro, al revés: una de las más conocidas es la llamada Julia Roberts, una joven que no parece nada —y no es nada— pero que junto con otros cabecillas goza con un poder casi divino: está en todas partes. No me refiero a los periódicos y los artefactos de plástico que con la complicidad de alcaldes bajo sospecha basurizan nuestras aceras, sino a que ella y sus colegas se han instalado en nuestro gusto, moral y costumbres, nuestro modo de hablar y vestir, y hasta en nuestros deseos: queremos parecernos, ser como ellos, becerrillos de oro plastificado.

La cultura del espejo

Por: Pedro Sorela Lunes 15 Enero 2001. En Artículos, Cine

Hace tanto tiempo que me entreno en el higiénico deporte de descubrir las cadenas de imágenes de las que habló Marguerite Duras en su etapa más radical —descubrirlas es comenzar a romperlas— que ya soy casi un campeón. Según se desprende de las teorías de M.D. (fáciles de comprobar en un simple televisor), si un vaquero desciende de un tren solitario en un pueblo barrido por el viento, seguro que alguien no verá el siguiente atardecer rojo.

Si un hombre maduro entra en una cafetería y la cámara enfoca a una jovencita con la falda corta... ya se sabe quién pagará la cuenta. Si justo al comienzo salen una mujer talludita pero inteligente y un hombre cuarentón, lo más probable es que él sea su marido, idiota, y sólo salga del letargo ante dosis elevadas de fútbol y sexo. Si un locutor-robot pone ojos tristes es que va a anunciar una desgracia, con sangre y víctimas. Si sonríe... Y así. Estaba tan contento con mis altos logros en este deporte durásico —en definitiva, un ascenso a dogma de la ley dramática según la cual si en el primer acto aparece una pistola sobre una mesa, para el cuarto tiene que haberse disparado—, que tardé en comprender que, al lado de la realidad omnipresente, incluso los grandes cadenólogos no somos más que novatos.


Babel era un cine

Por: Pedro Sorela Miércoles 09 Febrero 2000. En Artículos, Cine

Uno de los misterios más inesperados de este tiempo enigmático es por qué no funciona el cine que se ha puesto a mezclar los diferentes acentos del español. No me refiero al lado comercial, que desconozco y que de todos modos no significaría gran cosa, sino a que no funciona en el oído y en el sexto sentido que guía a los buenos directores de teatro y a los cazadores de espías: aquello que pasaba en la Guerra Mundial, cuando pillaban a espías perfectos... por haber olvidado el detalle de fumar con el estilo de su nuevo pasaporte.

Algo falla entre los nuevos directores que al fin se han rendido a la evidencia de que a la postre las verdaderas fronteras, las culturales, se trazan a oído. Es una evidencia un tanto arriesgada pues si bien el oído une lo que parecía distante, también desune cuando chirría, aunque sea levemente. Y eso es lo que sucede cuando el mexicano Arturo Ripstein fuerza la presencia de una española, Marisa Paredes, en la inmóvil fábula de García Márquez El coronel no tiene quien le escriba; o en la chilena El entusiasmo, película-denuncia del nuevo yupismo chileno, donde la aparición de la sensual española Maribel Verdú sólo se sostiene en la endeble coartada de que su personaje es una azafata; o con la participación de españoles metidos con calzador en la película Golpe de estadio, del colombiano Sergio Cabrera (que había acertado con su primera película, de tono muy local), que trata de un asunto tan poco cosmopolita como la guerrilla en aquel país. Y así con otros muchos ejemplos como la casi-plaga de las películas de españoles en Cuba, favorecida por los bajos costos de producción, o Todo está oscuro, en la que la española Silvia Munt, en un viaje a la Colombia del secuestro y la droga para buscar a su hermano, desgrana una colección de tópicos y prejuicios que parecerían los de un folleto de advertencias de una agencia de viajes.