Pocas veces he recibido una tan nítida y magnífica lección de escritura como en las dos visitas que, con veinte años de separación, realicé a los frescos pintados por Fra Angelico en las celdas de sus compañeros en el monasterio de San Marco, en Florencia.
Apenas importa que él sólo pintase una decena de los 43 frescos, y en los demás, se limitase a dirigir. Desde La Anunciación que corona las escaleras y abre el recorrido, el asombro que produce semejante alianza entre arte e inocencia no consigue sin embargo impedir la aparición de otra lección tan angelical, quizá, como la primera.
Ahora bien: ¿lección o cuento?
Gracias a que por alguna misteriosa (y bendita) razón, los frescos de Fra Angelico no se encuentran en las rutas obligatorias de los turistas, con un poco de suerte es posible verlos en silencio y con cadencia: aunque lenta, ésta es importante porque, en ella, uno va descubriendo que los frescos, del siglo XV, van contando la historia de Jesús con comienzo, trama y desenlace... pero sin que la historia termine ahí.
Su valor tampoco es definitivo comohistorieta: el propio Angelico, en las puertas de un armario del convento, y Ghirlandaio, en la basílica de Santa Maria Novella, firman las historietas más bellas del mundo. No, lo cierto es que los frescos componen una historia por la forma en que está contada, u organizada, al configurar la almendra, por así decir, el verbo, de monásticas, claras y armoniosas celdas alineadas en los lados de un rectángulo.