joomla template

Herramientas
Buscar
Acceder

Pedro Sorela

articulos

Mi versión de la "entrevista" con Tejero el 23 F

Miércoles 24 Febrero 2016. En Artículos, Blog

Ricardo Martín.

No recuerdo el momento exacto pero más o menos en la mitad de la noche de autos, poco después de la expulsión de los periodistas del Congreso, llamó a Europa Press uno de ellos, de El Alcázar, de cuyo nombre no estoy seguro, para pasarnos un comunicado de los golpistas del que según dijo estaban informando  a todas las agencias. Cogí yo el teléfono y me dijo: "Es que me han pedido que les eche una mano", para explicar su presencia allí. Y mientras dictaba el comunicado de los sublevados en un magnetófono conectado al teléfono (ni recuerdo qué decían, nada muy relevante) yo avisé de la noticia y el redactor jefe, Jesús Frías, dijo: "No podemos dar eso así tal cual, necesitamos una prueba de que se trata de ellos".

      Así se lo dije al periodista cuando terminó y él dijo:

    - Pues llamad al Congreso.

    - Si llamamos nosotros, lo más probable es que esté ocupado o que hayan cortado la línea.

     Se quedó pensando y entonces dijo:

     - ¿Queréis hablar con el teniente coronel Tejero?

     - ¡Claro!, salté, ante la estupenda oferta periodística.

      Y así fue: llamaron de inmediato al mismo teléfono, y se puso de inmediato Tejero.

     - Buenas noche, coronel, le dije, no sin nervios: no hice la mili y era la primera vez en mi vida que hablaba con un militar.

     - Soy teniente coronel.

     - ¡Perdone! Buenas noches, teniente coronel...

      Periodista joven pero con cinco años ya de experiencia en agencia, sabía que tenía un pez gordo al otro lado de la caña y que lo importante era no dejarlo escapar. Pues no pesa lo mismo la simple confirmación de un comunicado que una entrevista con el jefe de una asonada. O sea que me propuse extraerle una entrevista, para lo cual empecé haciéndole preguntas irrelevantes: se trataba de sumar palabras, así estas no tuviesen mucho contenido.

     Pero no era fácil pues para entonces mis jefes me rodeaban y me agobiaban con instrucciones: Pregúntale esto o aquello. Y en particular el director, Antonio Herrero Losada, que me instruyó: "Pregúntale si ya ha hablado con el Elefante Blanco".

     Aquello me sonaba a jeroglífico pero aún así lo pregunté (el elefante era el general Alfonso Armada, según todos los indicios posteriores), pero aquello iba a toda velocidad y para cuando ya tuve seis o siete respuestas a otras tantas preguntas, o sea, algo parecido a una mini entrevista, le hice un par o tres preguntas comprometidas e independientes, como son o debieran ser siempre las preguntas de un periodista en una situación semejante. A la segunda o tercera, Tejero comprendió que no hablaba con un cómplice, dejó escapar un "Uy, uy, uy" fatalista, y colgó. Pero Europa Press ya tenía lo que sin duda era un pisotón periodístico aunque nosotros no supiésemos aún del todo que lo era, una entrevista con el cabecilla sublevado.

    Esa conversación me tranquilizó. Pues aunque no había conseguido datos muy concretos, me dio la sensación -y la sensación que va por debajo es quizá la verdadera entrevista en una situación así- que había hablado con alguien ya en retirada y no tanto con un vencedor. No mucho antes yo había llamado a mi novia, con la que me casaría poco después, periodista de la Agencia Efe, para decirle: "Escoge país porque nos vamos". Y no porque fuésemos a ser laminados por el golpe militar sino porque me parecía innecesario aguantar otra dictadura.

     Meses después fui a trabajar a El País, donde lo que más hice fue entrevistas a escritores y pensadores (¡y también una gloriosa a Claudia Cardinale!), y que por cierto pronto van a ser publicadas en un libro. Por todo ello hoy no me atrevo ni a llamar entrevista a esas pocas preguntas a Tejero, una nota a pie de página en esa noche que sin duda marcó un antes y un después: al día siguiente se había acabado el ruido de sables en España, y hasta hoy. Pero he juzgado oportuno dar mi versión pues ayer, en el aniversario del golpe, circularon por la red -la Madre de todas las nebulosas- unos datos imprecisos sobre cómo se generó esa entrevista. Que no se debió -al menos en sus causas inmediatas-, ni al sindicalista Juan García Carrés, ni al director Antonio Herrero Losada. 

Solo para aficionados y antitaurinos, paseantes y curiosos

Por: Pedro Sorela Domingo 05 Septiembre 2010. En Artículos, Ensayo, Arte

El toro mariposa. Goya.

Recuerdo muy bien la tarde de abril o mayo de hará unos veinte años en que Joaquín Vidal llegó al periódico furioso porque un turista japonés le había pedido que apagase el puro. Joaquín estaba indignado pero sobre todo sorprendido: no podía comprender semejante desfachatez. ¡Pedirle a alguien que apague un puro en una corrida de toros! ¡En Las Ventas, la catedral del toreo! (o al menos eso dicen los madrileños, la catedral al aire libre donde los toreros se van a examinar). ¿Por qué no ya de la misma forma, pedirle a un aficionado al fútbol que no se acuerde de la madre del árbitro? ¿A un chico que no coma palomitas de maíz en el cine?

Para los que no lo sepan, Joaquín Vidal, que ya murió, era el cronista de toros de El País y según muchos, muchísimos, el mejor de las últimas décadas. No lo sé, aunque estoy muy dispuesto a creerlo. Lo que sí sé es que era una gran persona, un extraordinario conversador y de paso maestro, el mejor compañero, el que más recuerdo de mis catorce años en El País, y la encarnación misma del sueño de cualquier periodista: él solito vendía periódicos. Quiero decir que, como ya es notorio, había gente, incluso gente que no había visto una corrida en su vida, que compraba el periódico para leerle. Y aparte de su gran estilo, que rescataba el lenguaje de la crónica taurina e introducía a la vez puntos de vista muy contemporáneos –o sea, el ideal de una escritura con tradición, un estilo–, creo que la razón fundamental de su éxito es que hacía de cada corrida un acontecimiento único y por consiguiente una historia también única y no escrita con plantilla. En un escenario relativamente sobrio –lleno de símbolos muy pesados, pero a la larga sobrio– solía encontrar algo, así fuese un detalle, a partir del cual hilar su cuento... 

El verdadero Saint Exupéry

Por: Pedro Sorela Viernes 09 Octubre 2009. En Artículos, Literatura

Aeropostale, la compañía de correo de Saint-Exupéry.

Nada más llegar a su exilio en Nueva York, en lo más negro de la II guerra Mundial y agotadas sus esperanzas, Antoine de Saint-Exupéry tuvo que desmentir una información del New York Times según la cual llegaba en calidad de una suerte de delegado oficioso del gobierno colaboracionista de Pétain, o de Vichy. No tenía ni idea de que el sambenito le iba a perseguir. Y no sólo durante el tiempo de su estancia en un Nueva York dividido por las múltiples banderías del exilio francés, sino también tras su reintegración al combate, al final de la guerra, e incluso más allá de su desaparición en un avión aliado, el 31 de julio de 1944. ¿Cómo? Pues haciéndole figurar como un escritor para chicos –lo que sin duda era, igual que también es jardinero un ingeniero forestal- siendo así que, entre otras cosas, era uno de los primeros moralistas de su tiempo, lo que incluye un pensamiento político de excepción.

Pero no era gaullista. Peor aún, desconfiaba del rol de salvador que se había atribuido De Gaulle, y creía que se podía convertir en una especie de Franco. Sobre todo temía el periodo de ajuste de cuentas entre franceses que se produciría tras la guerra.

Y no eran sólo imaginaciones: en los años anteriores, en calidad de gran reporter, escritor o aviador en busca de records –era la época-, Saint-Exupéry había visitado España en guerra –“Aquí se fusila como se tala”, tituló su crónica, Franco le negó luego un visado para cruzar a Portugal de camino a Estados Unidos-, la Rusia de Stalin y la Alemania de Hitler. Sabía de lo que hablaba.

Este cuento ya se ha terminado

Por: Pedro Sorela Miércoles 22 Octubre 2008. En Artículos, Literatura

¿Qué es un cuento breve? Algo que cabe en esta línea y como mucho en otras dos. Que nueve de cada diez veces menciona a un dinosaurio insomne cuando se habla de él, y ésta es una de ellas. Que otras cinco de cada diez recuerda el anuncio ofreciendo unos zapatos de niño, “nuevos”. Que “está de moda”, una expresión detestable, sobre todo porque siempre implica a demasiados. Que por consiguiente alguien cree que se puede ganar dinero o prestigio con ello, organiza seminarios, antologías, talleres y cosas, y lo gana. Y que todos los escritores aficionados y los críticos sin imaginación creen que es algo fácil, también hablar sobre él. Hasta ahí lo científicamente demostrado. A partir de ahí, un enigma.

Más que su realización eventualmente feliz –muy eventualmente–, a mí me interesan otras cosas. Primero su ritmo, claro, que creo es donde anida el verdadero éxito del asunto, aunque no sé muy bien cómo se puede hablar de éxito, hoy en día, con nada que tenga que ver con la literatura (no hablo, es obvio, ni de ventas ni de premios). Luego su recorte. Después su carácter fotográfico –se ve un cuento breve como se ve una foto, como mucho como se ve un cuadro–, y más tarde su carácter de “necesidad”: y ello a propósito de aquella demostración de Borges, en un programa de radio, en la que un frutero iba desmontando todas las palabras del letrero “Hoy se vende pescado fresco”, por innecesarias, hasta dejar a su vecino el pescatero sin el cartel (orgulloso de su sensibilidad filológica, es de suponer, pero un poco humillado y como huérfano de su cartel. ¿Y qué es la vida hoy sin un cartel? Ése podría ser un novelón).