¿Qué es un cuento breve? Algo que cabe en esta línea y como mucho en otras dos. Que nueve de cada diez veces menciona a un dinosaurio insomne cuando se habla de él, y ésta es una de ellas. Que otras cinco de cada diez recuerda el anuncio ofreciendo unos zapatos de niño, “nuevos”. Que “está de moda”, una expresión detestable, sobre todo porque siempre implica a demasiados. Que por consiguiente alguien cree que se puede ganar dinero o prestigio con ello, organiza seminarios, antologías, talleres y cosas, y lo gana. Y que todos los escritores aficionados y los críticos sin imaginación creen que es algo fácil, también hablar sobre él. Hasta ahí lo científicamente demostrado. A partir de ahí, un enigma.
Más que su realización eventualmente feliz –muy eventualmente–, a mí me interesan otras cosas. Primero su ritmo, claro, que creo es donde anida el verdadero éxito del asunto, aunque no sé muy bien cómo se puede hablar de éxito, hoy en día, con nada que tenga que ver con la literatura (no hablo, es obvio, ni de ventas ni de premios). Luego su recorte. Después su carácter fotográfico –se ve un cuento breve como se ve una foto, como mucho como se ve un cuadro–, y más tarde su carácter de “necesidad”: y ello a propósito de aquella demostración de Borges, en un programa de radio, en la que un frutero iba desmontando todas las palabras del letrero “Hoy se vende pescado fresco”, por innecesarias, hasta dejar a su vecino el pescatero sin el cartel (orgulloso de su sensibilidad filológica, es de suponer, pero un poco humillado y como huérfano de su cartel. ¿Y qué es la vida hoy sin un cartel? Ése podría ser un novelón).