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Lo que miran los vagos

Jueves 14 Mayo 2015. En Blog, Cuento

p.S
Tánger

No recuerdo muy bien qué pasó. No sé si fue una ilustración práctica de cómo crear un cuento a partir del lugar, o llevado por el entusiasmo de mi visita, un acto de venganza contra La Défense, el barrio Manhattan que remata el eje Torre Eiffel-Arco del Triunfo en París y es el parque empresarial más grande de Europa. Un sitio horrible, un castigo pretencioso de edificios de cristal que París no se merece, al que ahora le tengo un poco menos de manía porque era el barrio de mi hija Inés durante su año Erasmus y donde fue muy feliz. Espero haber capturado todo ello en ese cuento, Colombe en la Défense (Colombe es Paloma en francés).

      Y así. Lo que miran los vagos es mi cuarto libro de relatos -quinto si contamos 57 pasos por la acera de sombra, un libro de narraciones peculiares que aparecían los sábados en una columna de opinión de El País- y que ahora se publica en Menoscuarto, una editorial exquisita no sólo por su diseño y primor sino por su catálogo ultra literario, hoy en día una rareza. No quisiera revelar mucho pero el nombre de los vagos me lo dieron en Tánger. Allí hay una plaza central donde al caer de la tarde se reúnen los jóvenes a recostarse en los cañones históricos capturados al enemigo y a mirar eso que se ve cerca al otro lado del Estrecho y es a la vez inalcanzable. La mirada del anhelo y del viaje.

     De Edimburgo a Hanoi, y de una playa salvaje colombiana ocupada por cangrejos azules a un teatro de marionetas en Bangkok (marionetas tailandesas, que no tienen igual), los cuentos no responden a estas o aquellas clasificaciones más frecuentes entre los especialistas, aunque podrían, sino más bien a una única intención: la de contar el espíritu de un viaje y de un lugar a través de relatos en principio imaginarios y que sin embargo reflejan ese viaje y el espíritu del sitio con igual o mayor precisión, por poética, que el relato-fotografía convencional. Un empeño que me nació hace años en Ladrón de árboles, un primer experimento en Budapest, aburrido de escribir apuntes de viaje al uso, y cuya promesa, con independencia de los resultados, nunca me ha dejado de convencer: Contar, contar real, a través de la imaginación.

    El libro será presentado por dos jóvenes amigos escritores, Laura Casielles y Javier Morales, el próximo martes 19, a las 19.30, en la librería Alberti de la calle del Tutor 57 de Madrid.

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    Ismail Kadaré.

    Diálogos / La imagen previa

    Sucede a veces que el escritor viene aplastado por una losa que es muy difícil levantar. Aunque también puede ocurrir que él sea el primero en no querer levantarla. Quién sabe. Ese en todo caso era el caso de Ismail Kadaré, a quien le tocó en suerte escribir libros con potentes metáforas en Albania, el país europeo más exótico de finales del siglo XX, y que pronto todo el mundo leyó como alegorías del régimen comunista allí existente, el más hermético de todos: había hasta un museo del ateísmo, y un misterioso tirano iluminado por fuerzas oscuras, Enver Hoxa. Albania era la Corea del Norte de entonces.

         El escritor con losa es muy difícil de entrevistar, pues la losa parece de cita indispensable, y es muy probable que vertebre y hasta se robe la entrevista. Es un problema de todo el periodismo, por lo demás: ¿Se informa de lo que ya se sabe, o se intenta descubrir algo nuevo incluso en la más rutinaria de las agendas informativas? Además, como ya se ha escrito en otra parte, muy a menudo el escritor es cómplice de su propia losa y quiere que le pregunten sobre ella, así sea para desmentirla, diciendo que él es un escritor libre y que allá los demás con sus interpretaciones. Un ejemplo es Kadaré, editado en España por Alianza Editorial y Mario Muchnik y traducido al español por el recordado Ramón Sánchez Lizarralde (premio Nacional por sus traducciones), personajes ambos tan o más interesantes que el propio Kadaré.

         Con este tipo de losa política pasa un poco como con el escritor de best sellers, a quien parece que resulta obligado presentar, al modo de un partido de fútbol, como el autor que ha vendido tantos y cuantos ejemplares y cuyos adelantos ascienden a esto y lo otro. ¿Serían estos datos prescindibles? ¿Qué ocurriría si entrevistásemos a Ken Follett, Stephen King o Pérez Reverte sin mencionar que han vendido tantas ediciones de sus libros y viven de este modo y aquel? A veces son ellos mismos los que intentan ocultarlo, como Ken Follet, que como he contado no permite al entrevistador acudir a su casa de época en las orillas del Tamesis y él mismo va a buscar al periodista (antiguo colega) a su hotel (Ver "Preguntas al escritor", en "Diálogos"). Pero eso, a la postre, sólo suma a la leyenda. Pues en caso de prescindir de todos esos datos lo más probable es que el previsible redactor jefe que edita la entrevista los reclame, al igual que la consabida lista de premios, las adaptaciones al cine, los apoyos políticos, caso de haberlos... en fin, lo que conforma la rutinaria plantilla de la entrevista perfil en la mayor parte de los medios.

         Lo que ocurre es que tal vez hablemos de cosas distintas: no porque dos personas escriban libros se dedican a lo mismo. Puede haber tantas diferencias entre ellos como entre un melón y una pelota de golf. La aclaración más eficaz la proporcionó Borges, precisamente en alguna entrevista. "Noo", vino a decir  cuando le preguntaron sobre cuántos ejemplares vendía y cuánto ganaba. "A las personas que les interesan el número de ejemplares vendidos y el dinero que se gana no les interesa la literatura".

    http://elpais.com/diario/1995/04/04/cultura/796946406_850215.html

    Saint-Exupéry y el art déco

    Miércoles 29 Abril 2015. En Blog, Sastrería

    El transatlántico Normandie y la ilustración "La envidia".

    Sastrería / Influencias

    El otro día, redescubriendo esa elegancia que se nos han llevado a alguna parte en la estupenda exposición "Art déco en París 1910-1935", de la Fundación March, me pregunté de pronto, como quien ve una nueva estrella, qué relación podía tener la prosa límpida y como de cirujano de Saint-Exupéry con las tazas y cubiertos, los vestidos noche de señora y los grandes transatláticos de su época, que fue justo esa. Y como digo, la respuesta se me apareció como un cometa de cola delgada y sutil en el firmamento: Mucha.

         Y cómo no iba a tenerla: Saint-Exupery era como el violín que sabía tocar de joven, como una campana, como una guitarra por dentro. Criado, más que en un castillo, en el parque que alrededor, Saint-Exupéry tuvo una infancia de cuento de Andersen -lo primero que leyó, por cierto, y cuya "sirenita" contribuyó en parte a El pequeño príncipe-, lo que le permitió escribir célebremente más tarde en un libro de guerra. "¿De dónde somos? Somos de nuestra infancia". Pues bien: si Saint-Exupéry era de su infancia, sin duda tambien lo era de la atmósfera refinada que la abrigó, al igual que de los salones elegantes de sus primas que lo acogieron cuando fue a París en sus primeros pasos de estudiante que no tenía una vocación nítida porque tenía demasiadas, enamorado maltratado por una joven elegante y cruel con problemas en una pierna y, algo más tarde, conde que no usaba el título cuando acudía las cenas en el Faubourg Saint-Germain con las uñas manchadas de grasa de sus primeros aviones.

            No a todo el mundo se le ocurriría imaginar que Saint-Exupéry era un personaje tan desordenado que en el colegio le retiraron el derecho a un pupitre, pues los convertía en jungla, y que el personal de servicio en el castillo de su tía abuela se negaba a entrar en su habitación, por un temor casi místico a un caos que rayaba en lo fantástico. Pues bien: con el tiempo y a base de leerle yo saqué la conclusión que ese caos era una de las condiciones de la prosa de Saint-Exupéry, clara como la de un matemático. El autor destruía el mundo para reinventarlo, entregarlo nuevo cada vez, redordenado con nuevos valores entre los que también figura la elegancia.

            Nada como visitar la Francia profunda para comprender que los jardines versallescos no son una consecuencia del espíritu cartesiano sino que la claridad e inevitabilidad cartesiana es en parte consecuencia de un paisaje ordenado y armónico desde que los continentes se separaron. ¿Es posible comprender a Hemingway sin los bosques de su juventud? ¿A Joyce sin su formación dublinesa, mojada, católica y olorosa a cerveza? ¿A Tolstoi sin el invierno, sin la textura del invierno ruso? Tampoco es posible ni comenzar a comprender a García Márquez sin tener en cuenta la cumbiamba sudorosa del Caribe colombiano y esa peculiar forma de su humor: la mamadera de gallo. Aunque suene a naturalismo, qué duda cabe de que los artistas también son producto de su entorno, pero no tanto de himnos, banderas y señas de identidad más o menos inventadas o simplificadas como estadios de fútbol para poder ser usadas en mítines, como de cucharas, lluvias, vestidos, bebidas y modos de concebir un traje de noche. En la exposición de la March comprendí que la linea clara de Tintín viene del grabado japonés pasado por Toulouse Lautrec... y por el Art déco.

    Libros e ignorancia eficaz

    Jueves 23 Abril 2015. En Lecturas, Blog

    La librería Lello e Irmao, en Oporto

    Una de las afirmaciones más sorprendentes para cualquiera que trate con libros u otras obras de Cultura es la de que vivimos en la más abierta de las sociedades, que la libertad preside nuestra vida cultural y la censura pertenece a épocas bárbaras y pretéritas, o a sociedades subdesarrolladas.

         Podría elegir muchos ejemplos como la vez en que, al cabo de varios días, me sorprendí de no ver ni una sola librería en las calles de Albuquerque, capital del estado de Nuevo México, en Estados Unidos. Y me dijeron: "No: sí que hay una. Y es muy grande". Y en efecto, en el corazón de un centro comercial gigantesco del que luego me costó salir, me encontré la típica librería-supermercado que se comienza a ver en muchos sitios, en donde está garantizado el hallazgo de los libros más vendidos de la temporada, e incluso en varios formatos, pero en modo alguno los de unos meses antes, y mejor no preguntar por libros algo más sofisticados, distintos, o "clásicos" que no sean los obligatorios en las aulas, cada vez menos, parecidos y políticamente correctos.

         En algún momento nos han metido el gol del siglo, que es el de hacernos creer que vivimos en una sociedad libre, sujeta a las leyes de la oferta y la demanda. Quizá esté sujeta a esas leyes (y hasta eso es discutible, aunque no lo discutiré aquí), pero si la libertad consiste en que no puedo acceder a ciertos libros, películas o músicas de valía indiscutible -y tampoco en los nuevos formatos- simplemente porque no las solicita un número suficiente y rentable de personas, en una sociedad en el que la ignorancia parece un nuevo valor, entonces tendré que preguntarme si es esa libertad realmente la que quiero. Antes existían las librerías de fondo y las bibliotecas públicas. Todavía quedan pero ya pertenecen casi más al recuerdo que a la realidad. Uno podía buscar ciertos títulos durante años, y también encargarlos.

        Y no hace falta irse muy lejos: intente usted buscar en vídeo la inmensa mayor parte de los clásicos del cine, o ejemplares de los de la literatura, incluso la supuestamente consagrada. Intente usted buscar por ejemplo El último día de un condenado, de Víctor Hugo (la primera novela del autor, en la que ya se oponía a la pena de muerte), o Los endemoniados, de Dostoievski. No le será fácil encontrarlos. Como tampoco Esta noche la libertad, de Lapierre y Collins, que en su día fue un éxito mundial, ni... Da igual, los ejemplos son innumerables, y se pueden leer en muchos sentidos. Como por ejemplo la extravagante imposibilidad, en el mundo hispano, de encontrar en un país los clásicos del país de al lado, en una suerte de división del mercado en nichos en la que se reconoce sin duda la mano de la ignorante eficacia económica.

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    • Pedro Sorela

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