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Pedro Sorela

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Lo inesperado

Martes 02 Febrero 2016. En Blog, Entrevistas

Jorge Luis Borges y María Kodama.

María Kodama

Me llamaron del periódico cuando me disponía a vestirme para una cena en la villa Favorita, la residencia de los barones Thyssen, en Lugano, el rincón más apartado de la Suiza italiana y, según iba a descubrir, uno de los más aislados de Europa. El periódico me había enviado para escribir sobre la primera exposición de cuadros de Goya que hasta el momento se habían mantenido ocultos en colecciones privadas españolas y, para salir a la luz del gran público, habían elegido la sede, entonces, de la colección Thyssen en Suiza. "Borges ha muerto", me dijeron, una noticia que, no por prevista, dejaba de ser en una sección de Cultura, al menos para mí, como el estallido de la tercera guerra mundial. Por lo visto había muerto en Ginebra, según France Presse, era todo lo que se sabía, en un pequeño hotel discreto, y visto que yo ya estaba en el país, el director de fin de semana había decidido encargarme la crónica, "y para primera edición". Eran las seis de la tarde.

     Me acordé de uno de los trucos aprendidos cuando era reportero de la agencia Europa Press y, vista la urgencia y mi imposibilidad de hablar con fuentes directas, llamé desde mi hotel a la central de France Presse en París y confirmé la noticia y algún dato más. Eso -como saben los corresponsales, que a menudo no hacen otra cosa- me permitía citar la noticia casi como si hubiese testigo de ella. Luego exprimí mi conocimiento de andar por casa sobre Borges (años después escribiría un libro sobre él y otros cuatro escritores: Dibujando la tormenta), tuve la suerte de acordarme de que había cursado años de su bachillerato en Ginebra, y pude hilar por ahí para escribir una crónica cogida con pinzas que nos permitiera firmar "de nuestro enviado especial" en primera edición, una suerte de alarde periodístico.

     Pero a continuación tenía que olvidarme de la cena y llegarme hasta Ginebra para escribir al día siguiente la crónica del cómo, cuándo exactamente, qué había dicho antes de morir y todo eso que se escribe de los héroes antes de que sean llevados al panteón de Ilustres en un coche fúnebre tirado por caballos empenachados de negro. Para descubrir que no era nada fácil: nada salía de Lugano un sábado de junio por tierra o aire, salvo helicópteros alquilados, y en mi desesperación llegué a pensar en alquilar uno -todavía me pregunto qué me habrían dicho en el periódico-, o en pedirle su coche a la comisaria de la exposición de Goyas, Marta Medina.

     Al fin hicimos el viaje, el fotógrafo Bernardo Pérez y yo, en el coche de la delegada de la agencia Efe en Suiza, Ana Romero, y llegamos a Ginebra de madrugada y nos alojamos en el primer hotel disponible, uno de esos hoteles para petroleros de cinco estrellas que son todos iguales y no te permiten saber dónde estás -estás en un no lugar- ni mirando por la ventana.

      Y no había dormido ni cuatro horas cuando llamé a primera hora al hotel en el que había muerto Borges, pregunté por su viuda, María Kodama, y para mi gran sorpresa, se puso de inmediato. Algo inhabitual en España, donde el teléfono se usa sobre todo para marcar distancias de poder. Como un reportero de libro le pregunté de inmediato los datos: a qué hora, cómo, desde hacía cuánto... y no había formulado más de cinco o seis preguntas cuando María Kodama me preguntó con esa voz suave que tiene:

    - Dígame: ¿usted cree que todo eso importa?

    Y para mí fue, lo prometo, como un temblor de tierra. Una contrapregunta-misil, pues también un interrogatorio sobre un muerto es una forma de entrevista, como por otra parte casi todo en periodismo, que siempre pasa por los interrogatorios. Después de muchos años andando por la vida utilizando las consabidas cinco preguntas del periodismo como los mandamientos de una religión agnóstica, al cabo de unos segundos de estupefacción me sorprendí a mí mismo respondiendo:

     - Pues no. Tiene usted razón: realmente no importa.

      Como en efecto me lo creía a partir de ese instante. Hay ciertos cómo y cuándo que no importan gran cosa, aunque no lo parezca.

      Entonces, me pareció, la sorprendida fue ella, que había obtenido de una forma tan fácil el arrepentimiento de un periodista pecador.

     - Es que lo que ahora importa es Borges, me dijo. Su obra. Su literatura.

     Todo eso era cierto. Pero aunque yo ya había comenzado a renegar de mi fe -y tiempo más tarde abandonaría los hábitos- ya tenía lo esencial para escribir la crónica de la muerte.

      De alguna forma en esa conversación se produjo una empatía que, tras otra peripecia que algún día contaré, se plasmó dos días más tarde en esta entrevista, la primera de una muy larga serie que María Kodama viene dando sobre Borges a lo largo de los años. Siguiendo su ejemplo, por otra parte, que en vida concedió muchísimas hasta el punto de que sus respuestas son una parte oral no despreciable de su obra.

    Pero a ese encuentro en particular, y gracias a una contrapregunta que rara vez los entrevistados formulan, yo le debo la revelación. Nunca se sabe cómo y cuándo llega lo inesperado.

 

"Vamos a asistir a la rebelión del alma, que es la parte humillada"

Por: Pedro Sorela Miércoles, 27 Enero 2016 En: Entrevistas

 El escritor que no cabe

 Cualquiera que frecuentase México, hasta hace pocos años, en el interior como en el exterior, se encontraba con la sociedad intelectual dividida en dos facciones que no se reconciliaron nunca: los seguidores de dos escritores que habían sido amigos, Octavio Paz y Carlos Fuentes, en una casi siempre silenciosa  pero incansable guerra civil -la grilla, como la llaman-, que llegaba hasta los lugares más inverosímiles: el reparto de becas a los creadores, las cátedras, también las internacionales, los medios de comunicación. Ambos bandos tenían su correspondiente revista afín: Octavio Paz, Vuelta, que había fundado, y Carlos Fuentes, con un poco más de distancia, Nexos. Además, y desde las dos manos del espectro ideológico, la influencia política en el todopoderoso partido único PRI, la representación de la no menos poderosa industria identitaria -es decir la competencia por ser el escritor nacional en un país muy nacionalista y al tiempo de élites muy viajeras-, y por supuesto los premios, y en particular la carrera de toda una vida hacia el Nobel, que como es sabido ganó Octavio Paz. 

     Como tantas realidades del muy enigmático México, era una guerra difícil de comprender, al menos en sus mezquindades, sobre todo si se conocía así fuera poco de la obra de ambos escritores. ¿De verdad que gente tan brillante bajaba a batallitas en realidad tan minúsculas y, vistas desde afuera, irrelevantes? En tanto que de Fuentes se hablaba de su pertenencia a la izquierda caviar y al (muy real) Club Internacional de Bombos Mutuos -media docena de escritores famosos en el mundo dedicados a hablar bien los unos de los otros-, de Paz se decía que era capaz de rastrear la última nota escrita sobre él en el más remoto de los diarios de México -país de periódicos- y, en su caso, pedirle cuentas personalmente al redactor que la había escrito. 

     Yo no percibí nada de eso cuando entrevisté a Octavio Paz, en Madrid. O quizá sí, un poco, en unos ojos cuya profundidad desvelaba de inmediato una capacidad de atención nada común. Ya estaba enfermo y ese era el último de sus viajes más o menos anuales a España, pero su inteligencia se mantenía intacta y era una inteligencia -como queda claro en cualquiera de sus libros- de las que se hacen muy pocas. Además hablaba a un gran nivel, sin pretender disimularlo para hacerse el simpático, no parecía tener tiempo para eso, y el desafío para el periodista era ese: cómo no hacer de pronto una pregunta estúpida, no caer en una simpleza, un tópico o lugar común, algo tan probable, además, con el tema del libro que había venido a presentar: el amor y el erotismo. 

     Pero no era realmente esa la dificultad. Sino la progresiva certeza, cuando uno escuchaba su idioma de gran amplitud, como se ve en sus libros a caballo entre el ensayo y la poesía y sin renunciar a ninguno de los dos, de que ese idioma no iba a caber en una entrevista, en un periódico, por mucha cita directa, por mucho primor que le pusiese el periodista, por mucha nueva crónica que inventara y por mucha generosidad que aplicase el redactor jefe al espacio adjudicado. Con Octavio Paz uno tenía la sensación -algo paradójico con quien fundó o inspiró algunas de las revistas más interesantes de la hispanidad, y siempre desde la literatura- de que venía de una de las zonas de la realidad que no caben en el periodismo. Como en efecto no caben, incluidas algunas relacionadas con las letras. 

     Cogí un taxi para volver al periódico, al salir de la entrevista, y me bajé a las dos o tres manzanas: simplemente no podía soportar, no de inmediato al menos, la cháchara de la radio y la de uno de esos taxistas. Era demasiado contraste. O sea que caminé un buen rato.


 

 

Varias veces en la conversación Octavio Paz dice "no sé", "probablemente" o similares, y ello se debe a que los recorridos de su nuevo libro, La llama doble. Amor y erotismo (Seix Barral) terminan siempre en el enigma. Más allá del lugar común, se trata de algo misterioso hasta el punto de que ni siquiera sabemos si en todas las civilizaciones hubo amor: "La excepción del erotismo" a juicio de Paz, y, en cualquier caso, algo cultural. Lo que no ocurre con el erotismo, que es "la excepción de la sexualidad". Después de años de revolución del cuerpo, dice Paz, "vamos a asistir a la rebelión del alma, que es la parte humillada". Ahí se vuelve a detener: no sabe bien en qué consistirá esa rebelión. Paz rechaza que se le acuse de determinismo. "No creo tener una concepción biologista de la vida, y no creo que el cuerpo sea determinante". Según explica, el amor es como la metáfora, algo más, "que no se puede definir con una palabra. Se encuentra más allá del cuerpo y su verdadero nombre no se conoce. Existe".

Este libro fue escrito en dos meses de la última primavera, es decir, tres páginas al día; un ritmo de prodigio vista su densidad, aunque es preciso tener en cuenta que Paz tenía en ello un antiguo interés y había tomado muchas notas a lo largo de mucho tiempo. En la India, por ejemplo, en lo referente al tantrismo. Algunas de sus lecturas, como D. H. Lawrence, o ensayos previos, tuvieron su importancia.

Los brillantes colores de John Berger

Por: Pedro Sorela Jueves, 21 Enero 2016 En: Entrevistas

Dos entrevistas.

Ilustración: P.S 

 

John Berger

El silencio que escucha

En una entrevista con John Berger intervienen tres interlocutores: el periodista que hace las preguntas, el silencio que sigue, de varios a muchos segundos, y luego él. Pues silencio es lo que puntúa de forma inevitable a cada pregunta, y lo mejor de todo es que no parece ficticio, un acto teatral para impresionar al periodista. Uno recibe la impresión nítida de que la pregunta que ha hecho es la más importante que John Berger ha recibido en su vida, y que en consecuencia se está tomando todo su tiempo en contestarla. Y no defrauda: Nunca, en las dos entrevistas que le hice, y en alguna que otra conversación, recibí de él más que respuestas... inteligentes no es la palabra, sino carentes del menor rastro de lugar común. Si hay alguien con un pensamiento propio -como por lo demás queda patente en su obra de múltiples caras y en permanente movimiento- ese es Berger.

     El problema para el entrevistador es pues de diversos riesgos. En primer lugar, como con cualquier entrevistado que lo merezca pero más, cómo mantener la altura en un diálogo con esa calidad de respuestas. Y no sólo en el nivel intelectual sino en la variedad, toda vez que Berger es ensayista, poeta, cuentista, crítico (se dio a conocer comentando pintura en la radio), dibujante, cineasta, narrador, además de alguien con ideas políticas muy desarrolladas... y que además en cada uno de esos géneros, cambia: No tiene nada que ver el escritor de G con el de Puerca tierra, el primer volumen de su célebre trilogía, y éste, con Lila y Flag, el tercero, o sus numerosos ensayos y escritos mestizos. Eso sí: su voz es siempre reconocible.

    Conocí y entrevisté a John Berger en el Jardín de la Residencia de Estudiantes, de Madrid. Y recuerdo que ya me iba, ya me encontraba a unos cuatro o seis metros cuando quise hacerle una última pregunta: "¿No se siente usted solo, ahí arriba, en las montañas?", le pregunté desde allí.

     - ¿Solo?, me respondió con la cordialidad que irradia por todos los poros. "Estoy en el centro del mundo y asisto a la muerte del campo en una sociedad industrial avanzada: una de las grandes historias de nuestro tiempo".

     Desde entonces he ido afirmándome en la impresión de que esa montaña de Berger en el medio de Europa es el centro del mundo, y esa, una de las grandes historias, aunque solo sea porque Berger la mira con una intensidad que en ello la convierte. Y me pregunto si no debiera ser precisamente esa la misión del periodista, y si cualquier buena entrevista no debiera ir puntuada por el silencio de una atención afilada.


Una historia en el centro del mundo

28 de febrero de 1992

Parece difícil abordar a John Berger, pues destaca en Europa como narrador, ensayista, guionista, crítico, dibujante -él considera que todo es la misma escritura- pero luego- resulta fácil y fluido como hablar con ciertos campesinos. También lo es: desde hace 18 años, este inglés de pelo blanco vive en un pueblo de la Alta Saboya, Francia, una decisión que en su día fue interpretada como un alejamiento del mundo y luego se ha ido viendo que era lo contrarío: está en el centro. A demostrar que la muerte del campo es uno de los grandes temas de nuestro siglo destinó Berger los 15 años que le costó escribir la trilogía En sus trabajos, cuyo segundo volumen, Una vez en Europa, acaba de salir en Alfaguara.

"Si se pudiera dar un nombre a todo lo que sucede, sobrarían las historias. Tal y como son aquí las cosas, la vida suele superar a nuestro vocabulario. Falta una palabra, y entonces hay que relatar una historia". Así comienza una de las cinco narraciones-pintura que componen Una vez en Europa, y una frase parecida fue la utilizada por el escritor para eludir contar por qué le habían permitido sus padres escaparse del colegio a los 16 años. Para explicarlo, sugirió con su dilatada sonrisa de ojos azules, tendría que remontarse a la I Guerra Mundial y pintar a su madre... y todo ello sería muy largo.En esa escapada, en Londres, en mitad de la II Guerra Mundial, se encuentra sin embargo la raíz de la facilidad con que cambia de lenguaje. Porque él cree que narrador, crítico, guionista, etcétera, no son más que etiquetas que ponen los profesores en las universidades, y él sólo fue a una escuela de Bellas Artes. Durante un tiempo enseñó dibujo y luego comenzó a llamar la atención como crítico en la revista de izquierda The new statesman.

¡Todo es tan interesante!

Por: Pedro Sorela Jueves, 14 Enero 2016 En: Entrevistas

Una mujer empeñada en cruzar las fronteras de los géneros. Entrevista con Susan Sontag

Ilustración: p.S.

Susan Sontag

El desvío como estrategia

En calidad de autor ya me habían hecho unas cuantas entrevistas en mi vida cuando entrevisté a Susan Sontag, y nunca me sentí, ni de lejos, tan entrevistado como con ella. Tal y como cuento, disponía de una hora, en una rueda de entrevistas sucesivas con motivo de su visita a Madrid, y habían pasado veinte minutos cuando tuve que interrumpir su catarata de preguntas sobre quién era yo, y dónde había aprendido inglés, y por qué mi familia... etcétera, y decirle: "Escuche: usted es la entrevistada y yo el entrevistador, y más vale que nos pongamos a ello porque si llevo una entrevista a mi mismo me arriesgo a que me echen del periódico", o algo así. Susan Sontag soltó entonces una gran carcajada de mujer voraz y sólo así pude entrevistarla.

    Y entonces me encontré con otro problema inédito. Y es que cada respuesta merecía una entrevista especializada. Es norma elemental de cualquier entrevistador el llevar preparada una lista de preguntas, a la espera de la primera respuesta interesante, si se da, y seguir por esa senda más interesante. Y es rara la entrevista en que el entrevistador atento a la respuesta prometedora no haya tomado por lo menos un desvío, donde suelen estar la entradilla y el titular. Pues bien: con Susan Sontag el desvío se producía en cada respuesta. Eran tan sorprendentes, tan independientes y, sobre todo, tan inteligentes, que me quedaba medio atontado y tenía que usar de todos mis reflejos para no seguir sólo por esa senda que ella convertía en muy prometedora -y podía ser la pintura del sur de Italia, por ejemplo-, y pasar a los otros muchos temas que se ofrecían, a la vez que lamentaba haber perdido veinte minutos permiténdole a ella sonsacarme a mí.

      Para entonces Sontag ya había pasado su primer cáncer y escrito su Illness as a metaphor (La enfermedad como metáfora), del que me regaló un ejemplar (no dedicado, por supuesto). Y sin embargo, cuando días después me encontré con la antigua actriz que le habían puesto como guía para acompañarla por Madrid durante su visita, me dijo que, después de las intensas visitas al Prado y a los tablaos flamencos, exprimidos por Sontag en su viaje, había tenido que guardar cama, agotada.

      Mi entrevista se desarrolló de nueve a diez de la mañana. También me enteré después de que el periodista a quien le tocaba el turno siguiente había sido expulsado con el comentario de que ella no había venido para responder preguntas estúpidas... y con él terminó la rueda de entrevistas.

      Y un testigo me contó el comentario que le había hecho sobre mí a mi director, en una cena. Por lo visto sus intensas preguntas en veinte minutos no habían sido por completo inútiles, y ya había logrado construir toda una teoría.

 

"Detesto ser una marginada"

Susan Sontag llega puntual a la cita, se sienta y comienza a hacer preguntas, y hay que detenerla, pues la entrevistada es ella. Como buena periodista, hila a partir de un acento o el color de un mueble, y profundiza con la tenacidad y sistema que caracterizan, con una muy diversa curiosidad, su pensamiento. "¡Todo es tan interesante!", exclama, y los ojos le brillan; también pueden sonreír con ironía, o ennegrecerse de cólera, lo que según su editor es signo de confianza. La cólera le llega no sólo cuando habla de la política de su país -que describe sin ninguna autocensura-, sino también de la cultura oficial norteamericana. "La desprecio", dice; pero añade: "Tengo el corazón roto por ello. Detesto ser una marginada".

    En un encuentro previo, Sontag ha explicado que existen dos tipos de escritores, los que hablan de su obra y los que no lo hacen, y que ella pertenece al segundo grupo. En realidad, su pudor es más grande: la autora de Sobre la fotografía elude cuando puede las fotos, que nunca toma, no lee las críticas que hacen sobre ella ni tampoco las entrevistas, pues le parece que "no han sido escritas para mí. Tengo la impresión de que me falsifico cuando hablo de mí misma. Mi lenguaje es la escritura, y no hablo de la forma como escribo. Hablar de lo que uno escribe es un nivel inferior de comunicación".

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