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Pedro Sorela

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Crónica de un instante

Miércoles 17 Diciembre 2014. En Blog

Lo que no sabe es que llueve con fuerza sobre Madrid y va a mojarse.

"Tiene manos bonitas", piensa mientras las ve por el rabillo del ojo en la penumbra del teatro, aunque más que "bonitas", se corrige, son "femeninas". Sólo las manos femeninas se quiebran así por la muñeca, como en un paso de ballet, para reposar sobre la falda. Y como obedeciendo la orden de su fuerza mental, las manos se levantan y, con gran cuidado para no hacer ruido, abren un bolso, sacan una pequeña caja de metal con bolitas de menta y, con el gesto más lento y leve posible, le ofrece. Acepta, claro, ¿como no hacerlo?

     Sobre la escena del pequeño teatro alternativo, tres actores representan una de esas obras en principio off y sin embargo tan características: desnudos gratuitos, actuación vehemente, desolación, soledad y mucha corrección política. Y mientras se cambia una y otra vez de vestido, la actriz se esfuerza en su actuación y a la vez hace fuerza para que acabe. Tiene una cita para cenar pero todavía no le han dicho dónde. Confía en que mientras ella actúa, el mensaje con el lugar de la cita le haya llegado a su móvil dormido. Lo que no sabe es que afuera llueve con fuerza sobre Madrid y que va a mojarse.

     Del mismo silencio de móviles disfruta una chica que, al regreso de Dusseldorf, vuela ya sobre los Pirineos. Le ha estado lloviendo en Alemania todo el fin de semana y, mientras lee El mundo de ayer, Memorias de un europeo, de Stefan Zweig, tiene muchas ganas de llegar al seco Madrid, donde se imagina que cuelga, sola y altiva, la luna llena que corresponde a esa noche. Sin saber que en Madrid llueve esa noche más que en Alemania, tiene ganas de llegar cuanto antes para recuperar la rutina del cielo azul, el frío seco.

      Y aunque ya en Madrid, quien no se entera de si llueve o cuelga una luna sobre el habitual cielo desierto de Madrid es este otro profesor que acaba de llegar hace unas horas de Estados Unidos, tras un mes en una universidad, y no se entera porque el jet lag le arrolla ya como un tren de mercancías. Aunque hace horas que se duerme por las esquinas, quiere retrasar la hora de irse a la cama para así despertarse mañana ya enchufado al horario español, que por otra parte tiene de origen dos horas de desfase.

      A kilómetros de allí, en un pueblo de La Mancha, pero muy cerca en el caso de que se mirase desde el avión de la joven lectora o el del profesor, una mujer se cura una gripe mientras en medio de la soledad castellana ve una película sobre una aviadora de los tiempos heroicos. Es su forma de salir de la cama y volar. De curarse también.

      No lejos del teatro, un estudiante de periodismo se sienta frente a su ordenador para cumplir con un ejercicio de estilo: Se trata de escribir un diálogo del que se desprenda una historia. "Como en el teatro", ha dicho el profesor.

      Y de nuevo en el teatro, la mujer que ha ofrecido una bolita de menta coge otra para sí, cierra la cajita procurando que el cierre no haga ruido pues en ese teatro de bolsillo cualquier cosa suena demasiado, guarda la cajita y vuelve a quebrar sus manos sobre el regazo como si nada hubiese sucedido. Ve algo en la obra que nadie más ve y se ríe por lo bajo. Afuera sigue lloviendo y algo de esa lluvia se alcanza a oír en el interior del teatro. "Nos vamos a mojar", piensa, pero a ella no le importa porque se ha traído una capa con capucha por la que no pasa el agua. Y además mojarse o no es lo que menos importa esa noche.

     Esa es la crónica de la esquina de un instante en Madrid una noche de diciembre de 2014. Un instante jamás vivido antes en toda la historia de la ciudad y que jamás se repetirá.

Lo feo ni les rasguña

Miércoles 10 Diciembre 2014. En Blog

El retrato de Antonio López retocado por la cadena SER.

Cuesta recordar la última fechoría porque se producen a cada rato, a toda velocidad. No importa: podría ser el video del cuadro de los Reyes pintado por Antonio López y emitido por la cadena SER, en la red, emparedado entre dos anuncios banales (perdón por el pleonasmo) y con el anagrama de la cadena colgando en el cuadro durante todo el vídeo. Tras el asombro correspondiente, dos preguntas se erigen como olas, casi, de tsunami: ¿Hasta dónde vamos a permitir que nos avasalle el poder de publicistas y comunity managers, profetas de la nueva Religión Corporativa? Y -esta es la que más me intriga a mí pues la primera depende de ella-, ¿qué virus se ha metido en la formación de alguien alfabetizado, así haya cursado sólo la escuela elemental, para creer que puede plantar un anagrama en mitad de un cuadro, de cualquier cuadro? ¿Qué tipo de aberración es esa? Aparte de las televisiones, que se creen autorizadas a romper con anagramas y mensajitos el encuadre de las películas, ¿existió antes en la evolución del hombre desde que nos bajamos del árbol?

     Yo sí recuerdo barbaridades desde que tengo uso de razón, y para qué enumerarlas, eso es lo fácil y además ya pasaron. Puede que caiga en el todo tiempo pasado fue mejor pero -salvo casos como el reciente anuncio de Greenpeace al lado de los signos de Nazca en el Perú- tengo la impresión de que nunca se llegó a tanto. Y quizá sea efecto -sí, lo siento- de la Posmodernidad: eso de que un cocinero de jabalí con una salsa de arandanos extraordinaria juega en la misma liga que Leonardo, y los diseñadores de videojuegos son los grandes creadores de nuestro tiempo. Para qué hablar del gatito que ha alcanzado no sé cuántos millones de "descargas" en You tube, tema, por lo visto, de telediario.

     Pensábamos que habíamos llegado al límite con los chirimbolos con los que el alcalde de Madrid Gallardón consiguió que saliésemos a manifestarnos en contra de la fealdad (pero ahí siguen, y para los restos); los supositorios de la Plaza Mayor de Madrid (hoy reubicados en el paseo de la indefensa Bayona, en Galicia); o las inútiles televisiones retransmitiendo imágenes vacías que en el metro de Madrid anuncian un mundo orwelliano. Podríamos seguir con una lista de hazañas que con toda sinceridad creo que nuestros abuelos no hubiesen aceptado, con el inconveniente de que no tendría final visible, pero hace poco he leído algo que añade un grado a la melancolía de todo esto: En el mundo anglo ya se está sobornando a escritores (uno de ellos es William Boyd, un autor que en su día fue aceptable) para que incluyan publicidad encubierta en sus libros. O sea que si un jamesbond cualquiera usa cierto reloj o va a cierto restaurante romano, eso está pagado. De momento no se habla de ello en el castellano, pero supongo que es porque ese tipo de publicidad, con nuestros índices de lectura, no tendría demasiado impacto.

     Cuando yo iba al colegio teníamos una asignatura, Educación Estética, que era tan maría que valía la mitad que una normal y que aprovechábamos para reírnos, ligar, tirarnos avioncitos... esas cosas. La tuve varios años. Una especie de Educación para la ciudadanía si bien exclusivamente estética y todavía a salvo de lo políticamente correcto que hoy me temo la tendría colonizada. Ahí aprendíamos a distinguir a Mozart de Beethoven, apreciar una catedral barroca y una gótica, o  valorar las líneas sobrias de la Bauhaus. Y todo ello en un ambiente más relajado, como si fuese una extensión del recreo, yo creo que de una forma deliberada en un colegio que en lo demás no se andaba con demasiadas bromas: No saben cómo hoy lo agradezco, así como la educación estética, que además añoro. Y cómo me gustaría enviar a unos cuantos a estudiarla, incluso riéndose, ligando y tirándose avioncitos. Empezaría con los periodistas que sellan con su marca de banalidad las obras de arte, y luego con alcaldes de ostentóreo analfabetismo disimulado con ingeniería publicística. 

Con la polaca sonriente en el avión

Miércoles 03 Diciembre 2014. En Lecturas, Blog, Escritores

p.S
Wislawa Szymborska.

Lecturas

Más lecturas no obligatorias. Wislawa Szymborska. Traducción de Manuel Bellmunt Serrano. Alfabia, 2012.

Uno de los mayores misterios a los que me he enfrentado en estos días es por qué he leído Más lecturas no obligatorias en dos sentadas, en sendos aviones, y sin ninguna obligación: como suelo hacer, me había traído más lecturas, por si acaso.

     Tratándose de crítica literaria, por ponerle un nombre, sólo me había sucedido algo parecido con los Prólogos con un prólogo de prólogos (Alianza) de Borges, que he leído con gran placer y subrayado más de una vez, y sí, también en trenes y aviones. Debe de ser porque se le parece.

      He dicho crítica literaria pero no lo es. Quiero decir que en los ágiles, aunque nunca leves, textos breves de Szymborska no hay nunca una visible intención de establecer una verdad, ni fijar categorías, ni hablar de resultados, ecos ni premios como si la literatura fuese una olimpiada, ni de agrupar a autores en supuestas tribus, ni crear ismos o generaciones. Nada de eso ni nada por el estilo de lo que se suele auto adjudicar como misión lo que llamamos crítica literaria. Lo que hay es el espectáculo de una señora con una cultura realmente notable (como la de Borges), y no sólo clásica, que sin embargo por algún milagro de la alquimia y del cerebro ha conseguido conservar una especie de frescura primigenia, inocencia, curiosidad genuina, nada fingida, y sentido del humor, y que lee los libros con inteligencia, ausencia de prejuicios y generosidad, mucha generosidad, como una sabia que tuviese un espíritu muy joven. Una delicia.

     En su día empecé a leer el primer volumen de lo que es ya una trilogía, Lecturas no obligatorias, pero perdí mi ejemplar y no lo volví a comprar sabiendo que con toda probabilidad reaparecerá algún día en la agitada vida de los libros en mi casa. Doy por supuesto que tanto ese como Siempre lecturas no obligatorias, el tercer volumen, están escritos con el mismo espíritu y talento.

      Por lo visto al principio se trataba de escribir cada semana, por encargo de una revista literaria, comentarios sobre los libros un poco marginales que llegaban a la redacción. Poco a poco, con manifiesta destreza, Szymborska fue conquistando mayor autonomía, y los libros que comentaba no eran forzosamente los más pintorescos y periféricos, aunque tampoco los centrales que organizan la vida y polémicas de las sociedades literarias. Los del segundo volumen fueron publicados en los años 68 al 71 del pasado siglo. Y desde ediciones de El satiricón y Gilgamesh, a otras como Obras maestras del Medievo francés o Los problemas sicológicos de las ilustraciones infantiles, uno se queda boquiabierto sobre la calidad y sofisticación de los libros que se publicaban en la Polonia (todavía comunista) de entonces.

     Además del gusto, lo que ha acompañado mi lectura son dos o tres irritantes estupefacciones: ¿Dónde se publican hoy libros sobre La antigua novela corta italiana o Las cartas de amor de los antiguos polacos? ¿Dónde han ido a parar los posibles lectores de esos libros, que sin duda existían aunque no agotasen las tiradas? ¿Y las revistas que encargan a poetas como Wislawa Szymborska (fallecida en 2012) cultos, ingeniosos, libres y siempre sonrientes comentarios sobre ellos? ¿Y las Wislawas Szymborskas capaces de escribirlos? Seguramente existen pero yo, en mi infinita ignorancia, las desconozco.

      Y lo que tampoco termino de comprender es por qué leo estos breves textos de Szymborska y de Borges de preferencia en los aviones.

El autor como obra

Martes 18 Noviembre 2014. En Blog, Entrevistas

Paris Match
Julien Green, en su salón.

Entrevista / El escenario

Ya entonces no muchos lectores en España se acordaban o tenían muy en cuenta la obra de Julien Green, un escritor que vivió durante años la extraña (e incómoda) condición de clásico no tanto vivo como superviviente. Y sin embargo, con buen criterio EL PAÍS me envió a París a entrevistarlo, y mi rol no fue tanto el de entrevistador de escritores con motivo de un título más, como el de arqueólogo de un tiempo que ya se ha ido y del que hay que aprovechar los restos, testigo de una historia que está escribiendo su último capítulo.

    Y ese es el resultado: Colgado de una entrevista, un retrato, un paisaje en segundo plano que a la postre, con el paso de los años, es lo que mantiene la viveza. Pues una vez descontadas sus evidentes refinamiento e inteligencia, las respuestas de Green configuran el paisaje intelectual hoy muy improbable de un autor casi secular que cumplía con los modernos, e imagino que incómodos para él, rituales del lanzamiento de un libro en estos días. Cumplida la hora pactada de conversación, dio por terminada la entrevista con los discretos pero eficaces modales de un chambelán. O mejor dicho, fue su chambelán el que lo hizo.

     Pero lo que queda es un relato que tiene aún, creo, cierto interés. Virtudes de la entrevista en indirecto, que permite saltarse el diálogo contingente de actualidad y fijar en el tiempo una narración, un personaje, un escenario y un instante con entidad propias. El instante síntesis del final de casi un siglo.

     Sin duda este personaje y este escenario fueron decisivos. Con el punto de melancolía o aire trágico que no sin misterio siempre tiene París, al menos para mí -tiene que ver con la luz, que cambia todo el tiempo-, el escenario de Green parecía hecho de encargo para una película sobre él. Histórica sin duda. Unas calles que se dirían del París de Balzac o mejor de Maupassant, un piso y un salón que muy bien hubiesen podido ser los de una embajada de las de antes de la guerra. De la Gran Guerra, quiero decir.

     Ahora caigo, Julien Green parecía un personaje de una de las novelas de americanos en Europa de Henry James.

    Hoy, de aquella entrevista guardo un recuerdo aéreo de no tanto  algo en carne y hueso sino de la lectura de un libro. Quizá lo fuese.

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  • Pedro Sorela

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