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Pedro Sorela

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Sin rebeldes

Martes 17 Febrero 2015. En Blog, Sastrería

p.S
Rimbaud, que todavía adolescente cambió la poesía moderna.

Sastrería / La rebeldía

De tarde en tarde se me cruza un cable y les pido a mis alumnos de Redacción que escriban algo y que ese algo sea lo que quieran: un cuento, una noticia, un ensayo, un poema... o algo menos convencional: pueden escribir en otros idiomas o inventar uno. Escribir fórmulas matemáticas y ni siquiera es necesario que cuadren. Pueden intentar algo híbrido, hacer historieta con dibujos, e incluso contar algo con olores, o colores, o pasos de baile, si son capaces, o contarlo todo con dos o tres palabras. En fin: literalmente lo que quieran.

     Pues bien: ya no me sorprendo, pues hace años que ocurre, al comprobar que lo que entregan son invariablemente ortodoxos ejercicios de estilo, mejor o peor realizados pero concebidos según las normas más tradicionales: como si mis alumnos, de dieciocho a veinticinco años, y por lo general listos, como suele corresponder a la juventud, fuesen ya notarios, o periodistas ya muy amansados por la plantilla, o poetas de premio, o escribidores de cartas de amor por encargo y peticiones al alcalde en la plaza del pueblo.

     Lo cual plantea muchas preguntas y desasosiegos, pero sobre todo una: ¿Qué ha sucedido? ¿Qué ha sucedido para que los jóvenes se hayan vuelto, pese a las apariencias, tan conservadores? Reconozco que la razón puede tener que ver con lo inesperado del encargo (que un encargo así sea inesperado también habla mucho del sistema educativo), pero sin ánimo de caer en las consabidas ensoñaciones del abuelo sobre sus "tiempos", no creo estar idealizando nada si digo que hace unos años eso no sucedía. Hace unos años -para qué entrar en polémica sobre cuántos-, uno, dos o varios jóvenes se habrían arrojado sobre la ocasión, planteada también por sorpresa, para escribir algo que rompiera el orden establecido y dejara claro que con ellos no se podía contar para "perpetuar el sistema pequeño burgués caduco" en vigencia, o alguna rebeldía semejante. Más o menos como Rimbaud, que todavía adolescente cambió la poesía moderna con "Le bateau ivre". (Poema que, según compruebo una vez más, me sigue costando no poco comprender).

     Con toda la intención de evitar el pedagogismo, paternalismo, buenismo y demás ismos propios de esta época (y tan distintos de los clásicos de las vanguardias), habrá que reconocer que de los jóvenes es como máximo una pequeña parte de la culpa, y que algo tendremos que ver los adultos en este sistema sin rebeldes: parecería que han triunfado las teorías más de orden, para llamarlas de algún modo, y que la universidad no es ya más que el último eslabón de la cadena de montaje en la que se crean los ciudadanos de provecho. Lo cual está muy bien pero resulta un poco melancólico. ¿No hace falta algo?

     Sería como mínimo pretencioso intentar localizar en un pequeño apunte un problema tan complejo que merecería una novela. Pero poco a poco se me han ido imponiendo algunas posibles causas por encima de otras: Primero, que nos han dado un cambiazo; visto que la experimentación, la búsqueda y el ansia de vanguardia es inherente al hombre, o yo así lo creo, nos han hecho creer que está en los nuevos aparatitos que consumen buena parte de nuestro tiempo, la publicidad, las aplicaciones, las pantallas, y que en última instancia ayudan a modelar receptores pasivos y rebotadores de mensajes, no creadores. Y segundo: la nueva superstición dominante de la eficacia a cualquier precio. Qué experimentación puede haber en carreras de tres años y másteres de pago como las que pretenden imponernos (y me temo que nos impondrán), en las que sólo hay espacio para Lo Útil. Igual sucede en el cine, la novela y hasta en la poesía, donde se premia la "que conecte con todo el mundo".

     ¿Será necesario repetir que si el mundo se ha movido hacia alguna parte ha sido siempre -siempre- porque a alguien se le ocurrió en primer lugar una extravagancia? No por ello creo que el fenómeno sea "igual que siempre", aunque lo parezca. Todo lo cual, más que inquietante, resulta directamente miedoso.

El frío y el beso

Miércoles 11 Febrero 2015. En Blog

p.S
Esos días de calles silenciosas, cuando no podíamos hablar al aire libre...

Cuando el frío comenzó a remitir y la nieve dejó asomar poco a poco los coches que tenía sometidos debajo, estábamos tan contentos que lo que pedía el cuerpo era lanzarse a la calle y la fiesta para celebrar la llegada de la Primavera, o algo. Nos llamamos por teléfono para ver cómo había sobrevivido cada uno a la capa de hielo y contarnos, igual que los que regresaban del frente de Rusia, que nos habían salido sabañones, igual que entonces, y ya habíamos consumido en la chimenea casi toda la leña del Invierno. "No importa, estamos en febrero, pronto llegará el Carnaval y florecerán los almendros, y el frío regresará a donde quiera que va cuando se va, que parece que desaparece".

     O sea que salimos a festejar. Y no es que fuese como cuando había atascos a medianoche pero sí se veía ya cierta alegría en las calles. Comenzaba a ser un recuerdo la helada y nos parecieron inverosímiles las historias que habíamos llegado a vivir con naturalidad. Como ese taxi que se atrevió a salir una noche y el frío lo fue frenando hasta paralizarlo en mitad de la calle, convertirlo en escultura transparente parecida a las de ese festival de estatuas de hielo que hacen ¿en China? O esos días de calles silenciosas, cuando no podíamos hablar al aire libre pues nuestras palabras se convertían en estalactitas a toda velocidad y, si las palabras eran tan solo un poco agresivas, podían llegar a convertirse en dardos y clavársele en un ojo a alguien. Sucedió a la salida del Congreso. O sea que todo el mundo optó por mantenerse en silencio en la calle.

       Salimos pues a festejar, con ganas de baile en el cuerpo y de más cosas, y cuando parecía que en cualquier momento aquello iba a despegar y empezaría la fiesta, se oyó una suerte de gemido inquietante en un coche aparcado (en una zona prohibida, además). Y cuando la gente identificó el origen y comenzó a acercarse, lo que vio fue a una pareja besándose. Primero se retiraron, discretos con una sonrisa en los labios y una punta de envidia en el corazón, pero cuando los gemidos se repitieron se volvieron a acercar y, como los gemidos seguían, alguien se atrevió a comprobar de más cerca. Era una pareja en un coche igual a todos, él con un chaquetón de ante, ella con un abrigo negro. El testigo más osado, o más curioso, pidió perdón, se acercó más, con prudencia, miró lo bastante de cerca como para oler el suave perfume de ella, la crema de afeitar de él, y retirarse al fin para informar a la concurrencia expectante:

       - Es el hielo. Se les ha congelado la saliva y se han quedado pegados.

      De modo que ahora se discute cómo despegarlos. Visto que el soplete sería demasiado radical (de momento), se ha intentado el baño maría y los vapores de eucalipto pero nada: se trata de un hielo recalcitrante, que no se deja convencer.

      Ni qué decir que el debate ha casi monopolizado el país, nos hemos olvidado de la fiesta y las redes arden con teorías a cual más pintorescas, como suelen. Y quién sabe si se llegue a saber, incluso por los amantes, que todo se debe a haber querido cosechar en febrero y bajo la helada lo que solo puede florecer con mucho más tiempo. A veces en Abril pero rara vez. Además del azul tramposo de Madrid, que puede ser azul de hielo, ayudó también que se recitaran desde muy cerca versos antes de tiempo, y que, carentes del calorcito necesario, se congelaron entre sus labios. 

La entrevista como pellizco

Miércoles 04 Febrero 2015. En Blog, Entrevistas

RTVE
Rastros de paises, ocupaciones, libros, acentos...

Diálogos / La frustración

La frustración acompaña al entrevistador igual que al joven encendido que envía (enviaba) ramos de rosas rojas al camerino de la vicetiple. Pues muy a menudo la entrevista se construye a partir de la admiración, o como mínimo la curiosidad, y rara vez estas se satisfacen con un diálogo que hoy, en el mejor de los casos, dura una hora. La situación es todavía peor cuando el entrevistado es un personaje múltiple, que suma un siglo, varios países y una extensa experiencia que no daría para una entrevista sino para un libro o varios días, como pude ver en la televisión italiana con el periodista Indro Montanelli. Ese era el caso de Francisco Ayala, a quien además tuve la mala suerte de entrevistar -en unión de Fietta Jarque- con motivo de uno de los premios institucionales con que España intentaba amortiguar en los años ochenta la mala conciencia del exilio, y antes de que se murieran los (pocos) retornados. Quiero decir que un premio, institucional o no, con sus obligaciones de cita del jurado, pomposas y grandilocuentes -y a menudo falsas- justificaciones, otros finalistas y demás, me parece una pobre pero omnipresente percha para entrevistar a un escritor, que siempre debería serlo por razones menos artificiales y postizas.

     Todos esos escritores exiliados que regresaban me traían hondos recuerdos. De mi padre. Y no por la Guerra Civil -aunque dos tíos míos murieron en el frente, y otros dos participaron igualmente, mi padre pasó ese tiempo viajando, como casi toda su vida-, sino porque, al margen de su condición de exiliados políticos, todos ellos -María Zambrano, Rosa Chacel, Sender en una corta visita que hizo, Alberti, Mercè Rodoreda y el propio Franciso Ayala- exhalaban una especie de aura que creía perdida y que quién sabe si retornará con la nueva generación de españoles viajeros: el aura del español trasterrado y convertido en cosmopolita por la fuerza de las circunstancias, que como digo no siempre eran políticas; a veces, también culturales y económicas. Un tipo de españoles que uno se encontraba por todas partes en la segunda parte del siglo XX, y con los que mi padre siempre terminaba charlando, como si encontrara en ellos algún tipo de afinidad. Y no tanto el paisanaje como una suerte de parentesco entre viajeros. Uno de ellos era Francisco Ayala.

    Y precisamente por ello, alguien muy difícil de entrevistar, como de seguro habría sido María Zambrano, a quien sólo tuve oportunidad de ver a varios pasos de distancia y aún así me deslumbró por la inteligencia de su mirada y de una única respuesta: Cuando en el aeropuerto le pregunté y un poco desde lejos qué sentía al volver a España, nos miró a los periodistas con los ojos más negros y vivos que recuerdo y nos dijo: "¿Volver? Yo nunca me he ido".

    Como cuento en la entrevista, a sus ochenta años -vivió un siglo-, Ayala combinaba rastros de varios países y acentos, además de carreras, ocupaciones y libros muy diversos, y uno no podía por menos que preguntarse cómo ese viejo patricio, que entonces tenía aspecto de senador romano de los buenos (él era letrado en Cortes por oposición) podía haber sido, medio siglo antes, el que Borges describió en su día como "el hombre más buen mozo que había visto en mi vida". Entre otros muchos enigmas.

     La entrevista, pues, como pellizco, aspiración, como breve catálogo de insuficiencias. 

Lo difícil es viajar

Miércoles 28 Enero 2015. En Blog

Groenlandia: paz y apabullante naturaleza.

En estos días he recibido una carta de alguien con quien en su día viajé bastante y, recordando mientras le respondía, me he dado cuenta una vez más de que en este cuarto de siglo el mundo ha cambiado hasta volverse en algunos aspectos casi irreconocible, y no sólo porque entonces nos escribíamos a mano, en papel y con pluma, y la carta que he recibido ha sido electrónica. De todo lo que ha cambiado del mundo que compartíamos, lo que más ha cambiado ha sido lo que más compartíamos: el viaje. Pues vivíamos en países distintos y nos reuníamos, casi siempre en un tercer país, para viajar juntos. O si se prefiere, lo que ha cambiado es la idea del viaje. O mejor aún, el viaje posible.

    "He viajado no poco", ha escrito uno de los dos, como en un intento de averiguar si seguíamos compartiendo el mismo lenguaje, y el otro ha respondido: "yo también". Y sin embargo, pese a que estoy seguro de que entre los dos podríamos reunir más viajes que el matrimonio de una tenista con un piloto de Fórmula 1, yo me he limitado a citar algún país árabe, alguno asiático, y ella solo ha mencionado Groenlandia, adonde por lo visto la lleva ahora su trabajo con regularidad: pero la menciona, explica, por "su extraordinaria paz" y su no menos "apabullante naturaleza". Esto es, ninguna de las razones eléctricas del viajero sino algo que se ha vuelto raro de ver como son "la paz" y "la naturaleza".

     En España vivimos la época de Erasmus, de la juventud obligada a emigrar en busca de trabajo, y de cierta clase media que ahora va a Vietnam o Tailandia de vacaciones como antes iba a Gandía o a Sitges, pero sin embargo nunca he vivido una época tan ajena al viaje, tal como lo entiendo, como la actual. Baste repasar los viajes que hicimos juntos con mi amiga, y que fueron todos por la Europa más clásica. Pues bien, en aquella época París, Londres, Atenas o Sevilla todavía guardaban sorpresas, incluso para un viajero veterano, en tanto que ahora esas ciudades  han convertido sus almendras centrales en parques temáticos. No es preciso ir a Barcelona o Venecia para ver hasta dónde puede llegar esa broma de pésimo gusto. Baste lo que parecía imposible, y es ver cómo el barrio artista e intelectual de París -que lo era, y parecía eterno- ha cerrado librerías, el lugar mismo de las sorpresas, y bistrots legendarios para entregar esos espacios a las franquicias de moda que uniforman el mundo.

     Hablamos de viaje más que nunca pero el viaje es más difícil que nunca. ¿Cómo escapar en África al turismo de ONG o al de safaris fotográficos que hacen que hasta los leones del Serengueti sufran de estrés por falta de soledad? Inténtelo: puede ser una prueba más difícil que un decathlón. Cómo remontar el Nilo en algo que no sea uno de los mini cruceros que equivalen a cadenas de montaje turístico. Cómo visitar la Gran Muralla escapando a los tres o cuatro desfiladeros donde vendedores de jade emboscados esperan a los viajeros. Cómo visitar el Partenón oscurecido por turistas como moscas, cómo recorrer el Egeo si no es como un moderno vikingo semi desnudo de piel enrojecida, cómo escapar en el desierto a las jaimas de cinco estrellas, ambiente bereber enlatado y "boogeys" conducidos por domingueros recorriendo los bordes del Sahara. Hasta la peregrinación por entre las tumbas funerarias en llamas de Benarés se ha convertido en un circuito turístico. Territorios que hace dos décadas eran todavía inexplorados, como buena parte de Asia, y eso es lo que los hacía fascinantes, han sido colonizados por la industria del turismo, de la que tan orgullosos y esperanzados estamos en España (lo que a cuenta del turismo le hemos hecho a las costas no importa), y pasar la Navidad en Hanoi implica tener que tragar con restaurantes con ciervos y camareros vestidos con gorritos de Papa Noel. De modo que el viaje, uno de los impulsos más naturales e inevitables que existen, se ha transformado de aventura posible, al alcance de quien tuviese el valor de partir, en una nueva utopía: Lo difícil se ha vuelto hacer un viaje que todavía merezca el nombre.

  • Pedro Sorela

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