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Del Pequeño Príncipe y otras traiciones del cine

Sábado 30 Mayo 2015. En Blog, Escritores

p.S.
Saint-Exupéry, Irène Nemirovsky

Creía que la última traición del cine a la literatura de la que había tenido noticia era la Suite francesa, película hecha a partir, en teoría, de la novela póstuma de Irene Nemirovski, pero unos días más tarde, y cuando ya pensaba escribir sobre ella, me llega la crónica de Libération sobre el engendro creado a partir del Pequeño Príncipe, de Saint-Exupéry, y que me ha terminado de convencer de ni siquiera intentar verla: sólo la crónica, acerca de una niña que vive al lado de un piloto viejo y decadente, y este es el piloto del libro que se encontró un día con el niño príncipe, lo deja a uno anonadado de asombro de hasta dónde puede llegar la estulticia y la codicia lujuriosa de la industria del cine, cuando se ponen (y de los herederos de algunos escritores). Por otra parte, nada nuevo en lo que se refiere a Saint-Exupéry, cuya recepción, hasta hoy, es una larga sucesión de malentendidos, como espero haber explicado entre otras cosas en mi ensayo Dibujando la tormenta. Empezando por el título de ese libro que resulta muy discutible sea para niños, y que no es El Principito (una primera mala traducción argentina, que se quedó), pues el diminutivo no existe en francés, y en particular cuando es tan cursi como este y no responde en absoluto al espíritu del libro. Qué suerte, de todas formas, que Saint-Exupéry no viviese para alcanzar a ver lo que la posguerra y sus herederos han llegado a hacer con su obra, incluida la que ya casi no se conoce, que es la más importante, algo que de todas formas él ya intuía iba a suceder.

    En cuanto a la Suite francesa, los adaptadores de la muy cuidada versión cinematográfica (en inglés, lo que chirría bastante), creen que cumplen al mencionar al final, en títulos de crédito, que la autora, judía, fue capturada en mitad de la guerra y llevada a un campo de concentración nazi, donde por cierto murió de tifus a las semanas de llegar. Pero lo cierto es que la película se centra en contar la historia de amor imposible entre una francesa con el marido preso por los alemanes y un oficial alemán, músico y sensible. O sea, la película cuenta una de las historias del libro y deja de lado la central -la impresión real que queda, al margen de las anécdotas-: por un lado la crónica de la estampida de los parisinos por las carreteras hacia el sur cuando al comienzo de la guerra iban a llegar los alemanes a ocupar la ciudad, con todo tipo de anécdotas de mezquindad, cobardía y ausencia de solidaridad ante el peligro (una de las razones por las cuales el libro tardó casi medio siglo en salir a la luz). Y por otro, el testimonio del miedo ante la captura final que se veía llegar como algo inevitable, y su prodigioso relato a través de un manuscrito en letra minúscula, para esconderlo, en una de las historias más conmovedoras de un escritor luchando contra la barbarie y la muerte con las armas del arte y la palabra. Muy poco rastro de ello hay en la película pero quien no haya leído el libro no lo sabrá nunca y saldrá del cine enternecido con esa versión bélica de Romeo y Julieta. Que en el caso de la gran escritora Irene Nemirovski y su último testimonio sabe a verdadera traición.

     ¿Es necesario volver una vez más sobre las incontables traiciones del cine a la literatura? Al margen de sus resultados, que pueden llegar a ser aceptables, la constante omisión de las fuentes. Y puedo ser ingenuo, o demasiado honrado, pero yo en una película valoro la idea original y el guión por lo menos tanto como la realización. O sea que El Gatopardo, de Visconti, es una obra maestra (he elegido las palabras) entre otras cosas porque antes lo fue el libro de Lampedusa. Lejos de África no lo es porque ni se acerca. ni siquiera en el título, a la inclasificable calidad del libro de Karen Blixen Out of Africa. Y el guión de El tercer hombre fue escrito por Graham Greene -un caso rarísimo-, antes de redactar él mismo la novela. De Apocalypse now, lo irritante es que se suela olvidar que es una variación de El corazón de las tinieblas, de Conrad. ¿Y cómo es posible que se filmen versiones de Homenaje a Cataluña, de George Orwell, sin mencionar de forma explícita este origen estruendoso? Pues se hacen, y con impávida desfachatez: véase Tierra y libertad, de Ken Loach. Pero el préstamo que me parece más asombroso es el de Los otros, de Amenabar, junto con otras películas de Hollywood inspiradas por la misma idea genial, como El sexto sentido, que no rinden el menor reconocimiento a una obra en absoluto común, a su vez descendiente de Dante, como es el Pedro Páramo de Juan Rulfo.

Lo que miran los vagos

Jueves 14 Mayo 2015. En Blog, Cuento

p.S
Tánger

No recuerdo muy bien qué pasó. No sé si fue una ilustración práctica de cómo crear un cuento a partir del lugar, o llevado por el entusiasmo de mi visita, un acto de venganza contra La Défense, el barrio Manhattan que remata el eje Torre Eiffel-Arco del Triunfo en París y es el parque empresarial más grande de Europa. Un sitio horrible, un castigo pretencioso de edificios de cristal que París no se merece, al que ahora le tengo un poco menos de manía porque era el barrio de mi hija Inés durante su año Erasmus y donde fue muy feliz. Espero haber capturado todo ello en ese cuento, Colombe en la Défense (Colombe es Paloma en francés).

      Y así. Lo que miran los vagos es mi cuarto libro de relatos -quinto si contamos 57 pasos por la acera de sombra, un libro de narraciones peculiares que aparecían los sábados en una columna de opinión de El País- y que ahora se publica en Menoscuarto, una editorial exquisita no sólo por su diseño y primor sino por su catálogo ultra literario, hoy en día una rareza. No quisiera revelar mucho pero el nombre de los vagos me lo dieron en Tánger. Allí hay una plaza central donde al caer de la tarde se reúnen los jóvenes a recostarse en los cañones históricos capturados al enemigo y a mirar eso que se ve cerca al otro lado del Estrecho y es a la vez inalcanzable. La mirada del anhelo y del viaje.

     De Edimburgo a Hanoi, y de una playa salvaje colombiana ocupada por cangrejos azules a un teatro de marionetas en Bangkok (marionetas tailandesas, que no tienen igual), los cuentos no responden a estas o aquellas clasificaciones más frecuentes entre los especialistas, aunque podrían, sino más bien a una única intención: la de contar el espíritu de un viaje y de un lugar a través de relatos en principio imaginarios y que sin embargo reflejan ese viaje y el espíritu del sitio con igual o mayor precisión, por poética, que el relato-fotografía convencional. Un empeño que me nació hace años en Ladrón de árboles, un primer experimento en Budapest, aburrido de escribir apuntes de viaje al uso, y cuya promesa, con independencia de los resultados, nunca me ha dejado de convencer: Contar, contar real, a través de la imaginación.

    El libro será presentado por dos jóvenes amigos escritores, Laura Casielles y Javier Morales, el próximo martes 19, a las 19.30, en la librería Alberti de la calle del Tutor 57 de Madrid.

Artículos relacionados:

  • Colombe en La Défense
  • Del escritor aplastado por la losa

    Jueves, 07 Mayo 2015 En: Blog, Entrevistas

    Ismail Kadaré.

    Diálogos / La imagen previa

    Sucede a veces que el escritor viene aplastado por una losa que es muy difícil levantar. Aunque también puede ocurrir que él sea el primero en no querer levantarla. Quién sabe. Ese en todo caso era el caso de Ismail Kadaré, a quien le tocó en suerte escribir libros con potentes metáforas en Albania, el país europeo más exótico de finales del siglo XX, y que pronto todo el mundo leyó como alegorías del régimen comunista allí existente, el más hermético de todos: había hasta un museo del ateísmo, y un misterioso tirano iluminado por fuerzas oscuras, Enver Hoxa. Albania era la Corea del Norte de entonces.

         El escritor con losa es muy difícil de entrevistar, pues la losa parece de cita indispensable, y es muy probable que vertebre y hasta se robe la entrevista. Es un problema de todo el periodismo, por lo demás: ¿Se informa de lo que ya se sabe, o se intenta descubrir algo nuevo incluso en la más rutinaria de las agendas informativas? Además, como ya se ha escrito en otra parte, muy a menudo el escritor es cómplice de su propia losa y quiere que le pregunten sobre ella, así sea para desmentirla, diciendo que él es un escritor libre y que allá los demás con sus interpretaciones. Un ejemplo es Kadaré, editado en España por Alianza Editorial y Mario Muchnik y traducido al español por el recordado Ramón Sánchez Lizarralde (premio Nacional por sus traducciones), personajes ambos tan o más interesantes que el propio Kadaré.

         Con este tipo de losa política pasa un poco como con el escritor de best sellers, a quien parece que resulta obligado presentar, al modo de un partido de fútbol, como el autor que ha vendido tantos y cuantos ejemplares y cuyos adelantos ascienden a esto y lo otro. ¿Serían estos datos prescindibles? ¿Qué ocurriría si entrevistásemos a Ken Follett, Stephen King o Pérez Reverte sin mencionar que han vendido tantas ediciones de sus libros y viven de este modo y aquel? A veces son ellos mismos los que intentan ocultarlo, como Ken Follet, que como he contado no permite al entrevistador acudir a su casa de época en las orillas del Tamesis y él mismo va a buscar al periodista (antiguo colega) a su hotel (Ver "Preguntas al escritor", en "Diálogos"). Pero eso, a la postre, sólo suma a la leyenda. Pues en caso de prescindir de todos esos datos lo más probable es que el previsible redactor jefe que edita la entrevista los reclame, al igual que la consabida lista de premios, las adaptaciones al cine, los apoyos políticos, caso de haberlos... en fin, lo que conforma la rutinaria plantilla de la entrevista perfil en la mayor parte de los medios.

         Lo que ocurre es que tal vez hablemos de cosas distintas: no porque dos personas escriban libros se dedican a lo mismo. Puede haber tantas diferencias entre ellos como entre un melón y una pelota de golf. La aclaración más eficaz la proporcionó Borges, precisamente en alguna entrevista. "Noo", vino a decir  cuando le preguntaron sobre cuántos ejemplares vendía y cuánto ganaba. "A las personas que les interesan el número de ejemplares vendidos y el dinero que se gana no les interesa la literatura".

    http://elpais.com/diario/1995/04/04/cultura/796946406_850215.html

    Saint-Exupéry y el art déco

    Miércoles 29 Abril 2015. En Blog, Sastrería

    El transatlántico Normandie y la ilustración "La envidia".

    Sastrería / Influencias

    El otro día, redescubriendo esa elegancia que se nos han llevado a alguna parte en la estupenda exposición "Art déco en París 1910-1935", de la Fundación March, me pregunté de pronto, como quien ve una nueva estrella, qué relación podía tener la prosa límpida y como de cirujano de Saint-Exupéry con las tazas y cubiertos, los vestidos noche de señora y los grandes transatláticos de su época, que fue justo esa. Y como digo, la respuesta se me apareció como un cometa de cola delgada y sutil en el firmamento: Mucha.

         Y cómo no iba a tenerla: Saint-Exupery era como el violín que sabía tocar de joven, como una campana, como una guitarra por dentro. Criado, más que en un castillo, en el parque que alrededor, Saint-Exupéry tuvo una infancia de cuento de Andersen -lo primero que leyó, por cierto, y cuya "sirenita" contribuyó en parte a El pequeño príncipe-, lo que le permitió escribir célebremente más tarde en un libro de guerra. "¿De dónde somos? Somos de nuestra infancia". Pues bien: si Saint-Exupéry era de su infancia, sin duda tambien lo era de la atmósfera refinada que la abrigó, al igual que de los salones elegantes de sus primas que lo acogieron cuando fue a París en sus primeros pasos de estudiante que no tenía una vocación nítida porque tenía demasiadas, enamorado maltratado por una joven elegante y cruel con problemas en una pierna y, algo más tarde, conde que no usaba el título cuando acudía las cenas en el Faubourg Saint-Germain con las uñas manchadas de grasa de sus primeros aviones.

            No a todo el mundo se le ocurriría imaginar que Saint-Exupéry era un personaje tan desordenado que en el colegio le retiraron el derecho a un pupitre, pues los convertía en jungla, y que el personal de servicio en el castillo de su tía abuela se negaba a entrar en su habitación, por un temor casi místico a un caos que rayaba en lo fantástico. Pues bien: con el tiempo y a base de leerle yo saqué la conclusión que ese caos era una de las condiciones de la prosa de Saint-Exupéry, clara como la de un matemático. El autor destruía el mundo para reinventarlo, entregarlo nuevo cada vez, redordenado con nuevos valores entre los que también figura la elegancia.

            Nada como visitar la Francia profunda para comprender que los jardines versallescos no son una consecuencia del espíritu cartesiano sino que la claridad e inevitabilidad cartesiana es en parte consecuencia de un paisaje ordenado y armónico desde que los continentes se separaron. ¿Es posible comprender a Hemingway sin los bosques de su juventud? ¿A Joyce sin su formación dublinesa, mojada, católica y olorosa a cerveza? ¿A Tolstoi sin el invierno, sin la textura del invierno ruso? Tampoco es posible ni comenzar a comprender a García Márquez sin tener en cuenta la cumbiamba sudorosa del Caribe colombiano y esa peculiar forma de su humor: la mamadera de gallo. Aunque suene a naturalismo, qué duda cabe de que los artistas también son producto de su entorno, pero no tanto de himnos, banderas y señas de identidad más o menos inventadas o simplificadas como estadios de fútbol para poder ser usadas en mítines, como de cucharas, lluvias, vestidos, bebidas y modos de concebir un traje de noche. En la exposición de la March comprendí que la linea clara de Tintín viene del grabado japonés pasado por Toulouse Lautrec... y por el Art déco.

    • Pedro Sorela

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