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Pedro Sorela

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El nuevo becario que vale por doce

Miércoles 16 Julio 2014. En Blog

"Yo quiero más. quiero hacer lo que no incluye el casi".

Coincidió con el inicio del verano y me presentaron como un becario más: "Se llama Borja y viene para ayudarnos. O sea que portaros con él como buenos compañeros".

     Con los días me fui enterando de que no era cierto: yo no era un becario más. De hecho, todos los años contrataban a veinte estudiantes, y este año habían contratado a doce, además de mí, de modo que si me equivoco esperaban que yo hiciese el trabajo de ocho. Y como cada becario sustituye en verano a un redactor y medio, se puede decir que esperaban de mí el trabajo de doce periodistas.

        Calcularon mal.

     Al principio, lo confieso, me costó algo. No entendía que las primeras dos horas en el periódico se fueran en leerlo, comentar el partido del día anterior, hablar por teléfono con los amigos, y retuitear o poner "me gusta" en los posts de algunos tuits o entradas de Facebook pues yo ya venía tuiteado y gustado de casa. Y luego no terminaba de entender que las noticias que me confiaban para escribir fueran a la postre versiones alargadas o resumidas de lo que ya aparecía en alguna parte. Además de alguna llamada ocasional -y la mayor parte de las veces con interlocutores automáticos-, mi trabajo consistía en cortar, pegar, hinchar el perro un poco (alargar) o comprimir, según el espacio.

     - ¿Esto es el periodismo?, le pregunté pues a Diana, mi redactora jefa, como un millón de becarios antes que yo.

     Se me quedó mirando.

     - Sí. Casi siempre.

     - Pues yo quiero más. Quiero hacer lo que no incluye el "casi".

     Noté que en principio no le gustaba la idea. No me pregunten cómo, esas cosas se saben.

     - Pero es que eso supone salir a la calle...

     - Bueno, en la calle están las noticias, ¿no?

     - Cada vez menos. Y de todas formas: ¿quién haría tu trabajo?

     Aquí es preciso decir que Diana, la redactora jefa, sentía cierta debilidad por mí. Está mal que yo lo diga, me doy cuenta, pero no me han programado con modestia -la modestia es inútil conmigo, si es que es útil con alguien-, y sí en cambio me diseñaron como el común denominador de los guapos que salen en las revistas tontas. Si se hacía abstracción de mi apellido, yo era el príncipe que esperan las suegras, el inteligente aventurero con que sueñan las periodistas.

     O sea que Diana terminó por acceder. Trajo de vuelta a la base a los pocos becarios que habían salido -no protestaron, les alegró volver cerca de las pantallas grandes para navegar a gusto- y les puso a hacer lo que antes hacían siempre: cortar y pegar, trasladar y comprimir. Y a mí me envió a la calle, en busca de noticias, en la convicción acreditada en muchos años de que las noticias suelen encontrarse en los mismos caladeros -la llegada del calor, las fiestas de los pueblos, las corruptelas del concejal de urbanismo, los muertos en la carretera, los grandes amores del verano-, y muchas veces no hace falta ni alargar o cortar las del año pasado. O sea que yo Robot, cronista.

 

Leer fotos

Sábado 05 Julio 2014. En Blog

Vladimir Nabokov, Muriel Spark, Italo Calvino. En el medio, Katherine Mansfield, y abajo, Ian Fleming.

mansfield2Parecía un regalo más, ingenioso y oportuno, de una amiga escritora, pero no lo ha sido. Lo cierto es que me ha revuelto como el paseo por la biblioteca familiar tras una larga ausencia, o el regreso a una ciudad en la que uno vivió mucho, o una cena con los amigos del colegio, dispersos todos por varios países. Y es que en cierto modo es todo eso: el cofre editado por Penguin con las postales de cien escritores, de Ionesco a Bellow, de Kipling a Kawabata, de un joven y apuesto Czeslaw Milosz a una joven y de mirada inteligente Katherine Mansfield.

      Y lo cierto es que todavía no sé por qué este recorrido de las postales me resulta tan incalificable. Cuando mi amiga me lo dio, abrí el cofre con gusto y cautela, como probando solo un poquito de un plato refinado. E hice como hacía con las cartas que me interesaban mucho, cuando todavía escribíamos cartas: no las abría durante varios días, intentando adivinar lo que contenían y he imaginando el placer que tendría al leerlas (con alguna que otra sorpresa y el fin de esa correspondencia). Luego fui viendo unas pocas postales cada día hasta que llegó el momento en que, preso de un ataque de gula, las vi todas de golpe, pero atracándome, sin reparar en los detalles: que el periódico que lee Camus se llama "En avant!" o que la guapa Muriel Spark joven lleva un broche en la solapa que pide una lupa.

      Ahora comprendo que si tardé en verlas todas -aún lo hago, cuando las repaso- es por las mismas razones que cuando tardaba en abrir las cartas de amor: porque las cartas y estas postales proponen una lectura del mundo y en cierto modo un orden, una justicia: Steinbeck es rescatado de ese limbo de olvido por el que está atravesando (no el mío), a Primo Levi se le propone con un monóculo vanguardista que es la sombra de un lente y a Giorgio Bassani se le alinea en el mismo tamaño que a Hesse, Jean Rhys o Pessoa, como efectivamente le corresponde. Y a Ian Fleming, sí, el creador de James Bond, se le devuelve a la literatura tras haber sido empobrecido y caricaturizado por el cine.

      fleming2Lo mejor de todo es que es una mirada directa, respetuosa y que busca el mejor ángulo del escritor, pero en blanco y negro y ajena a todo tipo de arandelas: es un mundo en el que no hay premios, ni gabinetes de prensa, ni rivalidades, ni celos, ni agentes, y todos estos escritores han recibido, por así decir, el mismo adelanto: La editorial no propone su catálogo sino que pone en primer plano a cien escritores y se coloca en segundo término, como ocurría cuando la literatura importaba más que ahora. Son cien escritores con sólo su nombre y su imagen y, tácitamente, la invitación a leerles o recordarles.

    Mi amiga me contó que, en unión de otros amigos literatos, jugaron con otro juego de postales a reconocer a los escritores, en una cena de Nochevieja, hasta que llegó el momento en que con tanto champán ya no podían reconocer ni a Sartre. En realidad no hace falta beber tanto para no poder acertarlos a todos: ¿qué escribió la casi desdibujada Flora Thompson? ¿Y Robertson Davies, con su barba blanca de profeta?

      Además las fotos corrigen nuestra visión, nuestros recuerdos: Saint-Exupéry me resulta familiar, pero eso es porque conozco creo que casi todas las fotos que se le hicieron, Karen Blixen (Isak Dinesen) anciana resulta inconfundible en su elegancia, aunque tengo que mirar el nombre para reconocer a ese cuarentañero Nabokov que asoma por la ventanilla del coche como un moderno playboy. Lo que es incuestionable es que el efecto al mostrarnos sólo la mitad de un Calvino o un D.H. Lawrence casi visto de espaldas, todos ellos en excelentes fotos de estudio (menos Sábato), es que lo que nos apetece es ir a nuestra biblioteca y volverlos a leer. Poderes de (algunas) fotografías.

Aprender comparando: Black y Banville

Jueves 26 Junio 2014. En Lecturas, Blog, Sastrería

John Banville, Benjamin Black (en el centro) y Anthony Blunt.

Lecturas / Sastrería

El lémur. Benjamin Black, Alfaguara; El intocable, John Banville, Anagrama.

Me ha resultado de enorme interés la lectura simultánea de El lémur, de Benjamin Black, con El intocable, de John Banville, que como quizá no todo el mundo sepa es el verdadero autor tras el pseudónimo de Black. Aunque él no lo esconde, y tanto él como sus editores juegan con ese coqueto disfraz literario. En la tradición de alternar -explícitamente- libros serios con entretenimientos (así los llamaba él), con el muy comprensible propósito de ganar dinero para vivir, sólo recuerdo a Graham Greene. Con la circunstancia de que alguno de los entretenimientos de Greene, como Nuestro hombre en la Habana, resultó a la postre superior a alguna de sus novelas serias.

   No es el caso de Banville, al menos a juzgar por estos dos libros. El lémur es una entretenida novela negra, que se desarrolla en Nueva York (fue publicada por entregas en The New York Times) y en cierto modo hasta recuerda alguna de las tramas de Millenium, que sólo he visto en película: Un antiguo periodista recibe el encargo de escribir la biografía de su suegro, un magnate, antiguo miembro de la CIA; contrata para ello a un pintoresco investigador, genio de la informática (el lémur); y descubre lo que no estaba previsto. El libro respeta algunas convenciones del género -policías que parecen filósofos con pistola, potentados con los que uno no jugaría ni a las chapas, y neón, rascacielos, alcohol y humo, aunque este cada vez menos- pero sin ser ningún especialista, no creo que, al menos esta novela, sobresalga demasiado en el abundante mundo de la novela negra, renacido con tal fuerza que a Black-Banville le encargaron el desafío de escribir una nueva novela de Philip Marlowe al modo de Raymond Chandler: La rubia de ojos negros.

      El lémur sirve en cambio como contraste y el comienzo de una gran lección cuando se la compara con El intocable, la novela seria -y mucho más extensa- en la que Banville recrea de forma exhaustiva la trayectoria de (sir) Anthony Blunt, quien fuera asesor de la Reina de Inglaterra en materia de arte y uno de los cinco famosísimos espías ingleses, procedentes de la universidad de Cambridge, que sirviendo a la Unión Soviética durante décadas desequilibraron a los servicios secretos británicos y, sobre todo, propusieron preguntas muy agudas sobre conceptos que parecían intocables, como lealtad, patria y demás. A algunas de esas nuevas preguntas es a lo que intenta responder Banville, que en alguna entrevista ha dicho que él no tiene respuestas a las grandes cuestiones, también políticas -lo que a mi modo de ver desmiente su libro-, y que se limita a escribir lo mejor que puede: eso sí es cierto. Su libro está llamativamente bien escrito (y traducido), y eso, más que la trama, que de algún modo ya conocemos, o intuimos, es lo que te hace avanzar con avidez.

      Lo que en cierto modo resulta paradójico es que Banville comparte algunos de los recursos de Black: Por ejemplo, el de una gran y evidente documentación, residuo, tal vez, de la antigua vida del escritor como periodista. La diferencia es que en Black la documentación está implícita -en la descripción de Nueva York, por ejemplo, muy exacta-, en tanto que en Banville no se reprime, se explaya, no cae en la obviedad y se da por supuesta en el lector, además de una respetable cantidad de conocimientos. Lo que alguna vez se llamó "cultura general".

     Ambos tienen además el valor de sostener, después de persuasivas sugerencias, lo que no está previsto ni es correcto: el traidor, por ejemplo, puede ser un héroe o por lo menos sus actos son más comprensibles.

      La gran diferencia, me parece, estriba en el despliegue de recursos que utiliza Banville frente a Black, que se limita a los propios del género y apenas se permite lujos. En lo que a la postre se termina percibiendo como una estimulante y grande libertad mental, Banville renuncia a poco de sí mismo para complacer al lector como se supone que se debe hacer según el libro de instrucciones del escritor más comercial. Si tiene que reflexionar, reflexiona. Si describir, lo hace. Si ha de citar nombres o historias que requieran cierta preparación del lector, no se corta. Se le nota desde lejos el placer de escribir. El escenario, como le ocurre a la cabeza humana, es muy amplio.

     Quizá como consecuencia de ello se permite además ciertas libertades del narrador que, en principio, frenarían la comprensión. Por ejemplo, interpela directamente a los personajes, aludiendo a detalles casi privados que el lector debe deducir, y el marco de su historia -una vida y un país, y una vida y un país muy ricos- es enorme: abarca mucho tiempo, mucho lugar, muchos acontecimientos, sobre todo el de una traición muy compleja.

     Pero tal vez el principal regalo de la prosa seria de Banville es que no se pliega a las clasificaciones dispuestas desde hace demasiado tiempo por la industria y la academia, y sólo por inercia llamamos novela a El intocable. En realidad es novela, ensayo, memorias, revisión, libro de historia... Habrá quien se extrañe de esta última, pues el libro no respeta ni los nombres de los protagonistas, pero lo cierto es que ningún reportaje ni libro de historia -véase la bibliografía del final... ¿bibliografía en una novela?- podría ahondar más profundamente en los motivos, matices y hasta olores de la historia de Anthony Blunt, que a menudo respeta al detalle, con los nombres cambiados. Si en alguna ocasión fue cierto lo de que la novela es la mejor manera de mentir para llegar a la verdad, esta fue.

    Un recuento del libro, incluso sucinto como este, no debería dejar de lado lo que tal vez salta a la vista en primer lugar, y es, no sólo la precisión de las palabras, según el ideal stendhaliano, sino el aprovechamiento de la menor ocasión para, sin ser cargante,  hacer de cada descripción algo memorable. Precisión, pues, al servicio de la imagen, e imagen en busca de la plasticidad inolvidable: "...pasó un hombre grande montado en un caballo pequeño, un centauro con bombín". No es casual que el protagonista que habla en primera persona sea un experto en arte. Apostaría a que Banville también lo es.

Chacel o el desafío de la rueda de prensa

Jueves 12 Junio 2014. En Blog, Entrevistas

p.S

"...un dibujo realista pero personal, no una fotografía..."

Diálogos / La rueda de prensa

Puede ocurrir que el periodista se sienta celoso de la multitud y desee haber estado a solas, aunque fuese media hora, mejor una entera, con su protagonista. Y que considere el encuentro en la rueda de prensa como una ocasión fallida, otra historia no escrita. A mí me ocurrió con Rosa Chacel, una anciana de entonces 89 años que irradiaba vida, biografía e inteligencia cada vez que abría la boca. Una anciana a quien se le veían los viajes a distancia, como a veces sucedía por entonces con algunos españoles que uno se encontraba por ahí afuera.

    Por lo general se piensa que una rueda de prensa es algo fácil, y más si se trata de una rueda de prensa triunfante, de las que tanto entusiasmo provocan en los medios y no sólo en España. En este caso era por uno de los premios institucionales de literatura. Una vez encontrada la dirección de su casa como el premio de una gymkana, los periodistas nos apretujábamos en su salón preguntando lo de siempre. Y es que las preguntas de una rueda de prensa están de algún modo dictadas de antemano, sobre todo cuando se trata de ganadores: de premios, elecciones, campeonatos, lotería, novias que son grandes herederas... Incluso cuando se trata de un personaje tan distinto como Rosa Chacel, una ocasión única para construir con ella un verdadero cuento real, que eso entre otras cosas es una entrevista: el relato de un encuentro, algo a caballo entre la narración y el teatro.

      Yo tuve una vez un director bastante canalla pero buen periodista que cuando nos preguntaba qué teníamos para el día y le contestábamos que una rueda de prensa, nos decía: "Eso lo tengo yo también. Lo que te pregunto es qué tienes tú que yo no sepa". De modo que, como un dibujante cuya misión fuese la de realizar un dibujo realista pero personal, y no una fotografía, el cronista de la rueda de prensa ha de encontrar en el mar de lugares comunes algo con lo que construir una historia que no sea la habitual postal que por lo general publican todos. Las dificultades son muchas y casi insalvables. Casi nunca -aunque alguna vez sí: cuando un periodista se roba la rueda de prensa- tiene la oportunidad de establecer la conexión personal, llevar a término la acelerada seducción mutua que es la condición para la buena entrevista. Además no suele poder localizar un hilo y tirar de él para construir una historia, al margen del pastiche, pues los demás periodistas estarán pugnando por lo mismo. Y, como en el juicio a un asesino, deberá conservar la cabeza fría para no dejarse llevar por entusiasmos retóricos: "el más grande", "el número uno", "el premio al retratista de la condición  humana"... en fin, todos esos Resultados con los que muchos periodistas sienten que han resuelto sus crónicas.

      O pueden asaltarle inesperadas perturbaciones. A mí me sucedió con ocasión de un encuentro con Ramón J. Sender, el estupendo escritor republicano exiliado en Estados Unidos tras la guerra y olvidado hoy para nuestro sonrojo (recuerdo que yo traje de contrabando por encargo un ejemplar de su prohibido Réquiem por un campesino español), que cuando regresó una vez a España dio una única rueda de prensa en un hotel de Madrid. Y fue interesante y la recuerdo bien, pero también recuerdo como si los tuviera al lado los efluvios de una guapísima actriz de la época, que se había sentado a mi lado y me sonreía cada vez que yo me giraba a mirarla como si fuese a comentar una respuesta de Sender sobre el destino de la cultura en Occidente.

  • Pedro Sorela

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