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Lo difícil es viajar

Miércoles 28 Enero 2015. En Blog

Groenlandia: paz y apabullante naturaleza.

En estos días he recibido una carta de alguien con quien en su día viajé bastante y, recordando mientras le respondía, me he dado cuenta una vez más de que en este cuarto de siglo el mundo ha cambiado hasta volverse en algunos aspectos casi irreconocible, y no sólo porque entonces nos escribíamos a mano, en papel y con pluma, y la carta que he recibido ha sido electrónica. De todo lo que ha cambiado del mundo que compartíamos, lo que más ha cambiado ha sido lo que más compartíamos: el viaje. Pues vivíamos en países distintos y nos reuníamos, casi siempre en un tercer país, para viajar juntos. O si se prefiere, lo que ha cambiado es la idea del viaje. O mejor aún, el viaje posible.

    "He viajado no poco", ha escrito uno de los dos, como en un intento de averiguar si seguíamos compartiendo el mismo lenguaje, y el otro ha respondido: "yo también". Y sin embargo, pese a que estoy seguro de que entre los dos podríamos reunir más viajes que el matrimonio de una tenista con un piloto de Fórmula 1, yo me he limitado a citar algún país árabe, alguno asiático, y ella solo ha mencionado Groenlandia, adonde por lo visto la lleva ahora su trabajo con regularidad: pero la menciona, explica, por "su extraordinaria paz" y su no menos "apabullante naturaleza". Esto es, ninguna de las razones eléctricas del viajero sino algo que se ha vuelto raro de ver como son "la paz" y "la naturaleza".

     En España vivimos la época de Erasmus, de la juventud obligada a emigrar en busca de trabajo, y de cierta clase media que ahora va a Vietnam o Tailandia de vacaciones como antes iba a Gandía o a Sitges, pero sin embargo nunca he vivido una época tan ajena al viaje, tal como lo entiendo, como la actual. Baste repasar los viajes que hicimos juntos con mi amiga, y que fueron todos por la Europa más clásica. Pues bien, en aquella época París, Londres, Atenas o Sevilla todavía guardaban sorpresas, incluso para un viajero veterano, en tanto que ahora esas ciudades  han convertido sus almendras centrales en parques temáticos. No es preciso ir a Barcelona o Venecia para ver hasta dónde puede llegar esa broma de pésimo gusto. Baste lo que parecía imposible, y es ver cómo el barrio artista e intelectual de París -que lo era, y parecía eterno- ha cerrado librerías, el lugar mismo de las sorpresas, y bistrots legendarios para entregar esos espacios a las franquicias de moda que uniforman el mundo.

     Hablamos de viaje más que nunca pero el viaje es más difícil que nunca. ¿Cómo escapar en África al turismo de ONG o al de safaris fotográficos que hacen que hasta los leones del Serengueti sufran de estrés por falta de soledad? Inténtelo: puede ser una prueba más difícil que un decathlón. Cómo remontar el Nilo en algo que no sea uno de los mini cruceros que equivalen a cadenas de montaje turístico. Cómo visitar la Gran Muralla escapando a los tres o cuatro desfiladeros donde vendedores de jade emboscados esperan a los viajeros. Cómo visitar el Partenón oscurecido por turistas como moscas, cómo recorrer el Egeo si no es como un moderno vikingo semi desnudo de piel enrojecida, cómo escapar en el desierto a las jaimas de cinco estrellas, ambiente bereber enlatado y "boogeys" conducidos por domingueros recorriendo los bordes del Sahara. Hasta la peregrinación por entre las tumbas funerarias en llamas de Benarés se ha convertido en un circuito turístico. Territorios que hace dos décadas eran todavía inexplorados, como buena parte de Asia, y eso es lo que los hacía fascinantes, han sido colonizados por la industria del turismo, de la que tan orgullosos y esperanzados estamos en España (lo que a cuenta del turismo le hemos hecho a las costas no importa), y pasar la Navidad en Hanoi implica tener que tragar con restaurantes con ciervos y camareros vestidos con gorritos de Papa Noel. De modo que el viaje, uno de los impulsos más naturales e inevitables que existen, se ha transformado de aventura posible, al alcance de quien tuviese el valor de partir, en una nueva utopía: Lo difícil se ha vuelto hacer un viaje que todavía merezca el nombre.

¿Por dónde cortar?

Miércoles 21 Enero 2015. En Blog, Sastrería

Walker Evans.
"En sus descripciones, Agee no se limitaba a contar lo habitual."

Sastrería / El corte 

Ya dijimos que todo texto es un resumen  y se intenta que cortado a medida ("El resumen como destino"). La siguiente gran pregunta es: ¿Por dónde cortar? Un narrador cuenta el encuentro de dos desconocidos en un tren, y a uno de ellos lo describe como de mediana edad y ya canoso. ¿Pero por qué no añadir que tiene una nube en un ojo y que nació en Talsitio? Y ya puestos, ¿no convendría agregar que la nube del ojo tiene forma de libro abierto? ¿O quizá fuese mejor hablar de Talsitio y cómo allí abundan las nubes en los ojos de los talsitanos?...Y como no todas son en forma de libro, quizá entonces habría que entrar a explicar las diferentes familias de nubes de ojos que hay. O tal vez no. Tal vez habría que contar algo distinto de lo de la nube o lo de Talsitio en el caso de que el otro desconocido del tren fuese una mujer. Eso lo cambiaría todo, aunque ese todo dependería de si fuese una mujer atractiva, tipo heroína de película, o una obrera cansada que emigra para trabajar en una fábrica en otro país... 

    La de cortar y por dónde es una decisión que cualquier escritor toma docenas y hasta cientos de veces mientras va escribiendo -toda palabra es una elección entre muchas posibles-, y quien dude de que se trata de una de las Decisiones de las que depende casi todo que piense en Proust, por ejemplo, o en Las mil y una noches, o en el caso de James Agee con su obra Elogiemos ahora a hombres famosos" ("Let us praise now famous men"), el libro por excelencia donde se plantea el dilema del corte y por dónde. 

     En plena Gran Depresión, un joven James Agee, luego estupendo guionista y novelista, recibió el encargo de realizar un informe sobre las condiciones de vida de determinado grupo de personas pobres en Estados Unidos. Y acompañado del fotógrafo Walker Evans, que ilustró el informe con una serie luego legendaria de fotografías, Agee se propuso que su informe fuese realmente exhaustivo. Es decir, que al describir una casa de las ocupadas por sus estudiados no se limitaba a contar lo habitual: dos dormitorios pequeños y uno grande, por ejemplo, sino que contaba que en uno de los dormitorios había una cómoda de nueve cajones; que en el cajón de arriba había tales y cuales cosas, que describía, y un carrete de hilo negro, y que el hilo del carrete ocupaba tal volumen y medía tanto de largo. Y así sucesivamente. En fin: que Agee intentó "no cortar" la narración y llegar a las últimas consecuencias de la descripción, y aún así tuvo que cortar por algún sitio. Su voluminoso informe fue rechazado por quien se lo había encargado, luego fue publicado junto con las fotografías de Evans y hoy es un libro de estudio muy frecuente en los seminarios de escritura porque plantea de forma muy plástica el problema. Hay gente que no puede llevar su lectura hasta el final, y otros, en cambio, a quienes hechiza. 

    No se trata tan sólo de una decisión crucial para la narración. Igual que con la moda, la arquitectura o la filosofía, podríamos trazar con ella una historia de la escritura: basta saber por dónde cortan sus frases -sus descripciones- para ubicar en el tiempo a Dostoievski o a Hemingway, quien llevó al extremo, por cierto, el arte del corte. Hemingway fue tal vez uno de sus más rigurosos teóricos, hasta el extremo de formular la teoría de que se puede omitir casi todo con tal de saber que se ha omitido. Según él, la parte omitida reforzará la historia "y hará que la gente sienta más de lo que comprende". Esto es, la teoría del dato escondido, cortado de la narración pero que desde el exilio del texto preside y condiciona ésta.

Premios y respeto

Miércoles 14 Enero 2015. En Blog

p.S
Proust y Tolstoi, que nunca obtuvieron el Nobel a la mejor película extranjera.

Comienza la "temporada de premios" -así la llaman ya, como si fuese una temporada de rebajas o una Feria de Abril cualquiera- y los periodistas de Espectáculos se disponen a disfrutar de sus vacaciones: los premios les harán el trabajo. Ya no tendrán que investigar, ni salir al invierno a buscar la noticia, ni entrevistar a nadie, ni hacer preguntas ni hacérselas a sí mismos... ni siquiera tendrán que pensar. Por no tener, ni siquiera deberán ver las películas o leer las novelas: bastará con repetir lo que les vayan diciendo los jefes de bancada. Que a veces, como ocurría hace años, según me aseguraba un testigo, han visto la película en algún festival en un idioma que no hablan.

      Ahora ya no es necesario haber acudido a los festivales de cine. Ahora lo importante es saber cuántas candidaturas ha conseguido la película en la competición por los Globos de Oro, los Oscar, los Goya, los César, etcétera, y qué actores o actrices han bailado en las fiestas y publicidades que se organizan en torno y en los que las productoras invierten más de la mitad del presupuesto. Más todavía, lo importante -porque eso será lo que salga en la red- es de qué payasada, caída, vomitona o mugido triunfal ha sido protagonista el galardonado de turno en la entrega o la celebración. En fin, perdón por recordar todo esto, que es muy obvio.

     Lo cual no tendría mayor importancia y sería una caseta más de la feria de las vanidades de no ser porque de alguna manera revela algo de consecuencias mucho más hondas: y es que, por alguna razón, a mayor crecida de premios, mayor y más evidente la ausencia de crítica y críticos. Cuidado: por crítica entiendo algo distinto a esas notas avaras que aparecen en los periódicos que aún  se toman la molestia, contando el argumento de la película o el libro y clasificando al autor en función de su carrera de premios. A su vez, y no es esta la primera vez que se dice, esa sequía de crítica es directamente proporcional al nivel educativo del país. Y no hace falta quebrarse mucho la cabeza para sacar conclusiones si se sabe que todos y cada uno de los últimos gobiernos han marginado la filosofía y el pensamiento crítico de colegios y universidades para favorecer las ciencias exactas y económicas que nos habrán de sacar de la crisis y la pobreza. Algún día. Nada tan revelador de esta crisis como el que haya bastado la recomendación de un libro por el dueño de Facebook para que cientos de miles de personas lo hayan agotado (y no digo que sea malo) en todos los formatos. Un nuevo gurú que un par de días antes había proclamado su entusiasmo por el descubrimiento de la lectura de libros.

    Pero a mí los que me preocupan no son, ni los actores que celebran o dejan de celebrar premios, ni los productores que pierden su dinero si no los reciben, ni la cuenta de resultados de las agencias de relaciones públicas. Ni siquiera "preocupar" es la palabra. Es más bien "hipnosis". A mí los que me hipnotizan somos todos los demás, que acudimos o dejamos de acudir a ver una película en función de unos premios que no sabemos cómo se conceden, como los Oscar, y cuando lo averiguamos -no es ningún secreto- perdemos el respeto y aún así obedecemos en masa. Es algo que me produce una inquietud que va en aumento y que no consigue amansar ni la rutina de la corruptela, ni la aceptación generalizada. "Qué más da: si todo el mundo lo sabe", me contestó el director de un diario de referencia cuando protesté porque el diario se prestase todos los años a informar con amplitud y complicidad de un premio cuyos amaños, como decía él, conocía todo el mundo.

    A veces me preguntan si, como escritor, no creo en los premios. Claro que creo, respondo de inmediato. O creería si conociese alguno que me inspirase respeto. 

La sonrisa como soborno

Miércoles 07 Enero 2015. En Blog, Entrevistas

Martin Amis.

Diálogos / La igualdad

Una entrevista es un diálogo que se desarrolla sobre la base de una serie de condiciones, a veces explícitas. La más habitual: ciertas zonas de reserva, ciertos temas que no se deben tocar (y está bien que así sea). Una vez aceptadas esas condiciones, la primera de las condiciones del diálogo debe ser la libertad y la igualdad entre quienes dialogan. Si no hay libertad ni, sobre todo, igualdad, lo que se produce no es un diálogo sino un acto de sumisión y de propaganda. El periodista está entonces a sueldo, no de quien le paga, sino de alguien que irradia sobre él parte de su fulgor y destellos de gloria. O eso parece.

     Hay pocas secciones en un periódico en las que se puedan ver más los puntos flacos del periodismo como la entrevista, y sobre todo la de Cultura o de Espectáculos, cuando el periodista se las ha de ver con eso tan resbaloso y traicionero como es "la fama". Y no es fácil. Pensemos que en el 99% de los casos, el periodista es un peatón que tiene que hacer la compra los sábados y suele ir de rebajas. Y de pronto se ve sentado frente a alguien que la gente reconoce por la calle, que va a figurar en breve en los libros de historia o al menos en los resúmenes del año y las listas de candidatos a, y muchos quisieran sustituirle para poder hacerle una vez más la pregunta a la que ya ha contestado mil veces: "Maestro ¿es cierto que...?"

      Recuerdo muy pocos entrevistados, ya lo fueran por mí o por otros, que mantuviesen una actitud superior o tan siquiera neutra en el encuentro. Prácticamente todos, y ahora ya hablo por mí, y con alguna excepción, se ponían todo tipo de máscaras para seducir al periodista, no sólo por cortesía mediática por así decir sino -y ese es uno de los pactos implícitos- para que así este accediese a dar de ellos el mejor retrato posible. El más amable. El más seductor. (Aunque una vez entrevisté a un escritor italiano, Aldo Busi, que se empeñó en toda la entrevista en suministrar titulares escandalosos. Y se enfadó mucho cuando, en lugar de picar en ese anzuelo, yo obtuve de mi jefe Félix Bayón el permiso para hacer la crónica de sus métodos. Se enfadó mucho y tuve el honor de merecer una columna con sus invectivas en una revista italiana. Lo cuento en otra entrega de esta misma sección: "Entrevistar al revés").

     Ni que decir tiene que ese es uno de los mayores peligros para el periodista, y de ahí que el entrevistador haya de ser alguien muy consciente de cuál es su sitio y  poco vulnerable a esa moderna forma de soborno que es, no el sobre con dinero o invitaciones a tenedores y estrellas, sino la sonrisa. Que, como digo en mi novela El sol como disfraz, y perdón por la autocita, "los periodistas no tienen amigos. Los que tienen amigos son los periódicos".

     Si he elegido mi entrevista a Martin Amis para acompañar esta reflexión no es porque él fuese particularmente amable ni seductor conmigo, sino precisamente porque no lo fue. Tampoco antipático, ni pedante, ni superior, ni... Fue profesional. Más o menos de mi misma edad y ya un poco joven astro de las letras británicas -ahora lo es mucho más- lo que sí recuerdo fue la sensación de que, una vez producida la mínima y rápida seducción requerida entre entrevistador y entrevistado artista, me acogía en un pie de igualdad, y que así escuchaba mis preguntas. Quien lo haya vivido sabe que esa es una de las condiciones cruciales.

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  • Pedro Sorela

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